14 mar 2011

Rarezas

Una vez conocí a un chico que había decidido besar en todas partes menos en la boca. Como el que decide fumar sólo Camel en vez de Marlboro o no volver nunca a un sitio. Es raro lo del tiempo. Porque te hace acostumbrarte a las cosas, a los gestos, y al final, por mucho que pese, también te hace acostumbrarte a que la gente se vaya. Y parece que todo se te escapa de las manos. Si lo piensas, dan ganas de salir corriendo. Así es como funciona todo ¿no? Eres joven, hasta que no lo eres. Quieres, hasta que dejas de hacerlo. Lo intentas y lo intentas pero al final, te ríes hasta que lloras, lloras hasta que terminas riéndote a carcajadas, y mientras el mundo sigue girando.

Mar(:

13 mar 2011

Cosas nuevas


Los días pasaban y su mente no podía despegarse del último recuerdo que la hizo sentir viva aquella semana. Porque justo después, algo inundó de forma permanente su alma, que lejos de vibrar a altas frecuencias, apenas se movía dentro de su corazón. Éste no estaba apagado del todo, sino que emitía leves latidos que permitían que sus sentidos no desconectaran por completo. No quería parar ni un segundo, no podía tener tiempo para reflexionar, porque entonces, la espontaneidad con la que aquel sentimiento estaba aflorando en su cuerpo se desvanecería para siempre. Era la necesidad que tenía por verle otra vez. Se había convertido en una especie de pequeña obsesión que tiraba de ella con esa fuerza que atrae desesperadamente a todo aquel que flota en el gran océano de la incertidumbre. Pero las dudas, tarde o temprano se irían. En realidad, más que irse, se transformarían en fuerzas diferentes. Y estas fuerzas no iban a hacer otra cosa que infundir valor a sus ojos, a sus manos y a su boca que, sin duda, acabaría fundiéndose lentamente con la de aquel chico que por el momento había robado ya mucho más que algunos de sus sueños.

11 mar 2011

Pasos

Las ilusiones que últimamente había sentido todo su cuerpo se habían hecho pequeñitas ese día. Se habían encogido despacio, temerosas, ante la inmensa capacidad a la que su corazón parecía responder, y ahora, con miedo a dar cualquier paso en falso, se limitaban a meditar confusas ante la incertidumbre de su dueña. Ese día se había perdido. Y abandonada a la suerte en la que apenas confiaba, parecía deambular triste de nuevo. Se había sentido segura durante algún tiempo pero ahora se echaba hacia atrás y la aterrorizaba poder tropezar con ella misma. Pero no quería engañarse. Las cartas ya estaban sobre la mesa y sabía que tarde o temprano encontraría su as. El problema era que ella quería un as concreto, pero todo era cuestión de tiempo. Porque dentro de poco sus pasos serían sólo hacia delante y entonces no habría piedras con las que poder caerse. Sólo un obstáculo aparecía en el horizonte y ella, ya lo había reconocido. Tan sólo tenía miedo.


8 mar 2011

Sintiendo

Y notar que la valentía se queda dentro de ti. Embeberse en sus palabras y sentir que no sientes nada. Que tu cuerpo no responde. Que sus ojos se funden con los tuyos. Y que las manos se os enredan sin miedo a nada. Sonrisas que esconden el deseo de las temibles dudas. Adivinar por qué te mira. Ni siquiera poder imaginar que algún día dejarás de verle. Porque los hechos suceden así. Condenar tu verde esperanza al destino. Intuir un primer paso. Avanzar sobre los nervios que se asoman a cada centímetro de tu piel. Y esperar y esperar. Esperar a que, por fin, un para siempre venga sólo y exclusivamente para ti.


7 mar 2011

Barreras rotas

Había bastante gente pero no se sentía agobiada. Le gustaban las luces de colores de ese sitio. La música retumbaba fuertemente en sus oídos mientras dejaba que su ser y su cuerpo volasen sin prisa a otra dimensión. Bailaba al ritmo de la música y sus pies empezaban cansarse. Sin embargo, era incapaz de liberar su mente. Estaba anclada en mantener en su cabeza lo que podía significarlo todo o nada, y estaba pensando demasiado. Sabía que ese chico la atraía simplemente con mirarla pero ni siquiera se imaginaba cuánto. No la gustaba nada sentirse atada, pero las fuerzas que ponía para impedirlo se estaban quebrando. Las cuerdas que la unían a aquel viejo trato de jamás sentirse por alguien se estaban rompiendo una a una; y a su paso, levantaban viejas heridas de guerra que escocían a pesar de haber cicatrizado hacía ya bastante tiempo. Pasaron muchas horas en las que intentó olvidarse un momento de él, pero no lo consiguió. No pudo más y, ante la desesperación que puede sentir una antigua mente enamoradiza, se rindió más enfadada que sorprendida. Había pasado mucho tiempo en el que sus intentos de evitar sentir profundamente habían resistido miles de batallas, pero ahora había llegado la guerra final y se había rendido ante la suavidad de vivir en sus ojos la llama de la curiosidad de los ojos marrones de ese chico. Toda la noche pensando en él. Desde el minuto uno, hasta volver de nuevo a casa. Y ya tumbada en la cama no encontraba explicación alguna. En realidad, sólo se le ocurría una explicación posible, pero no tenía el valor suficiente como para expresarla en voz alta. No todavía. Ahora, lo estaba asimilando. Soñar con esos ojos ya no sorprendió a su corazón tanto como permitirse descubrir que por muy raro que pareciera, ya le echaba de menos.


2 mar 2011

Límites


Imposible concentrarse. Ni en una cosa ni en otra. Ni en el blanco ni en el negro. Y lo intentaba por todos sus medios pero una parte de ella, ya se había rendido. Sabía que tenía muchas, prácticamente todas las posibilidades de quedarse sin lo que tanto deseaba y ante algo así, no había nada que pudiera hacer. Porque una vez más, el tiempo había decidido correr demasiado deprisa y determinar esos  hechos que sólo puedes entender cuando dejan de dolerte. El tiempo pasaba tan deprisa que se acababa. Se escurría hábilmente entre sus dedos que sólo deseaban acariciar su rostro sin dejarse ni un sólo milímetro, y llegaría el día en que no hubiera más minutos y entonces se iría. El tiempo nunca regresa, y él no sería menos. Esos eran los planes de su vida. Se marcharía. Para no volver, o al menos, no de la misma forma. Pero ella no quería verlo. No quería aceptar por qué cada vez que aparecía en su vida alguien que conseguía hacerla sentir que podía permitirse abrir su corazón, alguna fuerza se lo arrancaba de repente sin darla ni un segundo para reaccionar. Odiaba los límites del tiempo. No quería dejarse guiar por su instinto y aún así, iba a hacerlo. Porque sabía que había mucho que perder, pero no era nada comparado con lo que podía ganar. Porque de nuevo su alma era arrastrada por otra, y necesitaba complementarse con ella. Se sentía atraída por el encanto de sus ojos y su pelo castaño. Por su ropa y su forma de hablar. Por su olor. Todo él causaba una vorágine de sentimientos que recorrían sin rumbo fijo cada esquina de su cuerpo. Pero era complicado, el tiempo no corría a su favor y no quería ir deprisa. Se trataba de mucho más que un simple juego. Y como siempre, tenía que contar con el más terrible de sus miedos. El miedo a enamorarse.

27 feb 2011

Y empezar de nuevo


- Lo siento - empezó a decirle -, siento haberte...

- Calla – lo interrumpió ella -. No existe el pasado. No hay nada que perdonar. Empecemos a vivir desde hoy. Mira – le dijo separándose y cogiéndole de una mano -, el mar. El mar no sabe nada del pasado. Ahí está. Nunca nos pedirá explicaciones. Las estrellas, la luna, ahí están, y siguen iluminándonos, brillan para nosotros. ¿Qué les importa a ellas lo que haya podido suceder? Nos acompañan y son felices por ello, ¿las ves brillar? Titilan en el cielo; ¿lo harían si les importara? Estamos solos tú y yo, sin pasado, sin recuerdos, sin culpas, sin nada que pueda interponerse entre nosotros.



La Catedral Del Mar.

24 feb 2011

Sin sol



No es difícil que en un día bueno, en el que el sol simplemente ha corroborado tu sonrisa, aparezca algo que lo destruya por completo. Que lo aniquile. Que lo hunda en el infierno más profundo y que te haga llorar todas las  lágrimas de rabia que con tanto esfuerzo habías logrado contener durante semanas. Realmente avanzaba gracias a la confianza que depositaban en ella, pero si ésta se acababa, sentía que no había razón para seguir, aunque la realidad no era así. Tendría que seguir sola. Sin nadie. Como muchas veces había intentado. Lo haría por cuidarse a sí misma. Únicamente por ella. Y tenía que ser muy fuerte. Porque aunque generalmente aparentaba tenerlo todo bajo control no era más que un mecanismo de defensa para ocultar su miedo. Sus flaquezas. Su debilidad. Sentir de esa forma era un arma de doble filo, pero estaba aprendiendo a no dejarse llevar por las emociones, conllevara lo que conllevara. Pero esta vez sería la definitiva. Estaba segura. Y entonces podría demostrar de una vez por todas de lo que era capaz. Capaz de sobrevivir en las adversidades que habían tirado de ella hasta el fondo de lo que nadie parecía entender nunca. Y lo haría sola. Por muchas lágrimas que tuvieran que caer por sus mejillas.

23 feb 2011

Ley


Ver no es creer.
Creer es ver.

Comienzos

Sólo aquella vez dudó de lo que su mente la decía. Y después de muchos esfuerzos, consiguió no hacerla caso. Escucho entonces a su corazón y apenas oyó pequeños golpes. Se concentró cerrando los ojos. Necesitaba saber qué tenía que hacer. Sobre qué tenía que dejarse llevar. No tendría que resultarle difícil, hacía tiempo solía escuchar sólo al corazón. Espero un poco más y empezó a sentir con más fuerza sus latidos, aletargados simbólicamente por el paso de los años. Interpretarlos fue fácil. Al fin y al cabo no podía engañarse. Aquel muchacho la había enganchado por completo con apenas un par de miradas y un único comentario que ni siquiera lograba recordar con exactitud. Lo que sí recordaba era su sonrisa. Tan alegre, sincera. Había despertado en ella algo que sólo recordaba vagamente. Podrían ser las ganas de continuar, de descubrir a fondo sus ojos marrones o de adivinar a cuántos centímetros quedarían sus caras la próxima vez que se vieran. Era increíble. Definitivamente, estaba ocurriendo de nuevo. Comenzaba otra vez la historia de siempre. Y los principios casi siempre son buenos, o al menos, memorables para recordarlos durante mucho mucho tiempo. 


21 feb 2011

Mucho más de veintiún días

Ese viernes era carnaval. Se levantó tarde y ayudó a disfrazarse a su hermano, lo cual - definitivamente- no estaba entre sus planes del día. Después, casi sin tiempo, no la quedó más remedio que ponerse unos vaqueros viejos y una camiseta negra que se había comprado en Estambul, a pesar de que quería ponerse algo especial para llamar la atención de alguien que seguro, la miraría ese día. Se sentía feliz. Miró el reloj sin ver la hora, entró al baño y sin mirarse en el espejo, cogió una diadema blanca y se la puso a la vez que bajaba corriendo la escalera. Consiguió no llegar tarde, así que se apoyó en la valla de la puerta del colegio para ver los disfraces de los niños. La encantaba el carnaval. Sin embargo, ese día no sólo no se disfrazaba, sino que estaba muy nerviosa. Quedaba poco para el sábado, apenas algunas horas, y llevaba esperando ese día tanto tiempo que quería que todo fuese perfecto. Se cruzaron alguna mirada en clase, no muchas, pero siempre con la misma respuesta: el corazón a mil y una sonrisa boba que duraba largos e intensos minutos. El día pasó sin que nadie sospechara nada. No dejaba de ser un secreto, y eso la incomodaba lo suficiente para que una fuerte inseguridad la carcomiera lentamente, pero no quería echarse atrás. Ese mismo viernes cenó fuera de casa y después de intercambiar algunos mensajes por el móvil, él la pidió si podrían hablar por el ordenador más tarde. Eran las once y media y ya habían decidido lo que hacer. Habían cambiado los planes rápidamente. De un paseo por un largo parque a simplemente estar juntos en su casa.  No eran precisamente cosas parecidas, pero sabía que tenía que arriesgarse. Casi no pudo dormir. Pero la mañana llegó, como de costumbre, y se dispuso a arreglarse. Estaba todo preparado. Una camiseta azul marino, con un lazo en el escote, unos pantalones beige y unos zapatos que le habían regalado sus amigas, a juego con la camiseta. Por último decidió plancharse el pelo y ponerse las lentillas. Cogió el brillo de labios y lo guardó en el bolsillo del abrigo, sin decidir si ponerse o no. No tardó ni cinco minutos en llegar a su destino. Al poco tiempo de bajar del coche, le vio. Se dio unos instantes para mirarle desde lejos y cruzó la calle que les separaba. Le dio dos tímidos besos en las mejillas. Caminaron juntos hasta su portal, hablando de cosas banales, o por lo menos, intentándolo, porque en realidad ninguno sabía lo que decía. Le costó abrir la puerta, lo que la tranquilizó. Parecía que no era la única que estaba nerviosa. Pasaron dentro. Ella subió primero aunque no sabía qué piso era y cuando se giró decidida para preguntárselo en el rellano, no pudo. La cogió con fuerza del brazo y la atrajo hacía sí. El primer beso. Nervioso, apresurado, para liberar tensiones, pasional. Alguien les interrumpió y sin dar tiempo a pensar en ello, siguieron subiendo, esta vez, ella detrás. Esta vez no le costó abrir la puerta de su casa y entraron. Era un piso bonito, acogedor, previsible y no demasiado grande. Se quitó los zapatos para no dañar la madera del suelo y pasaron al salón. No perdieron el tiempo. Se lanzó a sus brazos sin pensárselo. Las manos de él acariciaban su cintura sin un ápice de timidez y ella le dejaba. De pronto, se vio sin camiseta, y el nerviosismo embargado, sin duda, de muchas cosas más que simple vergüenza dio paso a un deseo que no había logrado encontrar nunca antes. Bajo con delicadeza la cremallera de su sudadera y le quitó también su camiseta. Sonrió. Tocó sus brazos, que tanto le gustaban y le besó el cuello. Poco a poco avanzaron por el pasillo hasta dar con su habitación. Y si algo les quedaba por ceder, se rindieron de inmediato. Sus cuerpos parecían uno. Qué vínculo tan tremendo. Las horas pasaron veloces en lo que se sube y se baja del cielo más inmenso y ella se tenía que ir. Fue al baño, se vistió tranquilamente y apreció su cara en el espejo. ¿Es qué no iba a dejar de sonreír? Él la acompañó hasta abajo y estaba decidido a esperar hasta que la vinieran a buscar, pero ella le convenció de que se fuera. Sabía que tenía cosas que hacer y quería pensar a solas. Se despidieron dulcemente y le vio alejarse despacio, recordando inconscientemente el olor y el tacto de su pelo. Suspiró, intentó llamar pero sabía que no podría contar nada, así que guardó de nuevo el móvil en el bolsillo. Decidió andar hasta la casa de sus tíos que estaba cerca. Mientras avanzaba lentamente por las calles, su pensamiento se escapaba de la realidad. Genial no era la palabra que buscaba. Amor, tampoco. Eran muy amigos, pero algo se la escapaba. Pasó el resto del día como pudo. Por un lado se sentía más contenta que en mucho tiempo, pero por otro, sabía que a partir de entonces todo iba a ser distinto. Buscaba una palabra que definiera su encuentro. Pero no la encontró. Ni ese día, ni ningún otro. Pasó mucho tiempo y aunque casi siempre conseguía acercarse a una conclusión, ninguna lograba llenarla por completo. Quizá esos momentos no necesitaban catalogación ninguna, quizá sólo sucedieron para permanecer por siempre en un espacio y un tiempo anclados en la memoria para ser recordados en aniversarios de nostalgia. Nadie parecía saberlo. Al final, ella se abandonó. Desistió a buscar palabras que definieran situaciones que la hicieran sentir tanto en tan poco. Porque había pasado mucho tiempo. Dos largos años, difíciles y que la recordaban sin descanso lo que uno quiere tras haberlo perdido. Y mucho se temía que lo iba a recordar siempre. Eres todo lo que nunca supe que siempre quise. Esa era una de sus frases favoritas, que, al contrario del resto de su mundo, no se veía ni se vería afectada nunca por el tiempo.



Días ¿grises?

Que paren el mundo que yo, 
me bajo.


19 feb 2011

Caramelo

El color pardo de sus ojos se volvió verde esmeralda cuando la luz directa del sol calentó sus pupilas. El aire agitaba su rebelde pelo castaño, haciéndole perder la paciencia por un momento. Bajó la cremallera de su chaqueta de cuero negro y la dejó sobre el banco de madera, que se había convertido, apenas sin quererlo, en uno de los sitios favoritos de los dos. Saboreaba lentamente un caramelo de fresa ácida, de aquellos que tanto le gustaban. Lo había encontrado escondido en su bolsillo y estaba haciendo que su boca se volviera de un color rojo cada vez más intenso, lo que hacía que fuera, si cabe, aún más irresistible. Las miradas entre los dos fluían nerviosas, con miedo a ser descubiertas por los corazones de ambos, que latían irremediablemente desbocados.   Él se sentó a su lado mientras sus piernas se rozaron un momento. Hablaban de cómo pasarían sus vacaciones de verano y se reían, sin atisbar las nerviosas manos de ella, que se morían de ganas por arrastrar el pequeño trozo de caramelo que se había quedado pegado en las comisuras de los labios de él. Se miraron en un instante, que rebasó los límites del querer y no poder; y de pronto, lo supieron. Mientras el refulgente sol parecía derretir sus deseos en algo más que simple azúcar, el aire arrastró a la nada los pocos pensamientos y las dudas que les quedaban. Sus labios se rozaron. Y así,   en la primavera del parque que vio cómo su amor crecía más allá de los términos prepuestos, se fundieron en un beso, su primer beso. Ansiado, intenso, atrevido, apasionado, brillante; y que resultó ser mucho, mucho más dulce que cualquier caramelo del mundo.





Secretos

- ¿Qué me pasa, tía? Sonreír como una tonta cuando me mira. Mirar sus labios cuando habla. Sus ojos cuando se ríe. Oler su bufanda. Acariciar el cuero de su chaqueta. Caminar bajo su paraguas. Sentir su corazón. Transformar nombres... ¡Me estoy volviendo loca! Puff, no me mires así...

- ¡Sólo me estoy riendo!, mmmm ¿asustada?

- Aterrorizada, petrificada, pasmada, estupidizada por él !!




15 feb 2011

Pum

Pum. De repente sus ojos se apagaron. El matiz verdoso que caracterizaba su alegría se había transformado en humo invisible y ahora sus ojos marrones vulgares se reflejaban en el espejo sin saber muy bien lo que querían decir. La última mentira había acabado con ella definitivamente y ya no había nada. Ni en qué o quién confiar. Su corazón se había encogido y el vacío de su cuerpo se extendía más allá de los límites de cualquier emoción que pudiera registrar su piel. Ni siquiera quería pensar en ello. Sintió cómo se venía abajo. No pudo disimular y salió de casa. Al torcer la esquina se puso a correr. El contacto directo del frío quemaba sus labios. Aún así, no encontró comparación con lo que sentía su alma. Dolía demasiado. Se sentó en un banco de piedra cuando empezó a llover. Las finas gotas de agua se deslizaban sobre sus brazos; sobre su cara, mezclándose con las lágrimas negras que se desteñían del rímel de sus ojos. No la gustaba llorar. Lo odiaba. Pero ya ni siquiera tenía fuerzas para eso. Repentinamente una mano ajena la golpeó el hombro suavemente. Y mientras levantaba la cabeza, un chico se sentó a su lado. Se miraron y se conocieron sin decir nada. Magia. Y ella sintió que tenía que hacerlo. Se explayó como a veces sólo puede hacerse con un desconocido. No pidió apoyo. Ni abrazos. Sólo que la escuchara. Que la permitiera llorar sin límites, como nunca había hecho. Y cuando terminó se sintió mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Paró de llover y las manos de él se alzaron para recoger con cuidado las últimas lágrimas negras que caían por su rostro, mientras la luz de las estrellas acababa secándolas en las yemas de sus dedos.


14 feb 2011

Se va



Quiero ver que te vas, y no que huyes

NB. Un beso y una flor

De día viviré pensando en su sonrisa.
De noche las estrellas me acompañaran.
Seras como una luz que alumbre mi camino.
Me voy pero te juro que mañana volveré.


13 feb 2011

Intuición


A pesar de que el sueño rondaba por todas las partes de su cuerpo, continuaba leyendo. Por lo menos hasta las doce. O quizá algo más. Tenía que aguantar. Sabía que merecería la pena, a pesar de que sus finos párpados se negaban a resistir abiertos un segundo más. El libro que tenía entre sus manos era interesante, aunque no tanto cómo dejarse llevar por el pensamiento que, guiado a través del recuerdo de su sonrisa perfecta, contagiaba otra sonrisa, tonta de alegría, en sus propios labios. No sé que me pasa - pensaba. Miró el reloj de la pared, que parecía parado por el propio tiempo. Las doce y cuarto. Lo comprobó con el de su móvil y se decidió, por fin. Un mensaje corto, dividido absurdamente en dos por sus pequeñas manos torpes y nerviosas pero cargado en lo más hondo de contrariedades que ni siquiera sabía que existiesen. Enviado. Aguantó algún segundo más el móvil entre sus manos y lo puso a cargar, decidiendo no volver a mirarlo hasta la mañana siguiente. Pasó toda la mañana y la comida. Ninguna respuesta. Toda la tarde y nada. Sabía que en el pueblo no había mucha cobertura pero no podía resistir mirar cada dos por tres. Incluso cambió el fondo de pantalla varias veces hasta que prácticamente se dio por vencida. De camino a casa iba escuchando música negándose a sentirse triste. Escuchó la letra atentamente fundiéndose con el ruido de la carretera y dejando a un lado sus preocupaciones. Cerró los ojos y se permitió sonreír sin pensar en nada más que las ligeras gotas de lluvia que oía débilmente caer en el cristal. Cuando llegó a casa era tarde. Cogió unas fresas y las lavó con cuidado, partiéndolas en trocitos. Las echó en un tazón y añadió leche, observando cómo el conjunto se teñía  despacio de rosa pastel. De repente, un sonido a destiempo que sólo apreciaron sus oídos salió del bolsillo de su chaqueta gris, colgada tras la puerta. Y una corazonada. Limpia, certera, inequívoca, dulce, como las fresas. Sabía que esta vez no se equivocaba. Se levantó y miró el móvil. Era él. Qué simple resultó ser lo que llevaba todo el día esperando. Pero daba igual. Se daba por satisfecha, estaba feliz. Porque su intuición, que llevaba mucho tiempo aletargada, la decía que aquello iba a salir bien, que sería una gran historia. Sabía que podía ser en cierto modo duro para ella, pero eso no la importaba. Su vida había cambiado tanto en tantas cosas que las pocas ideas claras que tenía en su mente se habían venido abajo. Sólo una nueva actitud parecía nacer de nuevo, y era suficiente. Para bien o para mal, iba a arriesgarse.