20 ene. 2011

Quizás.

Es como una perfecta intuición. Puedo oír su inquebrantable susurro en mí cuando le veo; dice que me deje llevar sin límites hasta el mismo espacio interestelar, que intente adivinar lo que su sonrisa parece esconder, que abra de nuevo mi corazón, cerrado como un candado de llave desaparecida desde largas noches de hace mucho, mucho tiempo. Salta la frágil alarma de los sentimientos ya sentidos. ¿Abrir el corazón? No no, dice mi cabeza, que sobrevive en su sitio. ¿Quizá tanto como para poder atisbar una ínfima posibilidad de dolor? No seré capaz, ni quiero. No podría resistir otra vez. Y es parte de mí, casi sin quererlo. Autorreflejos de precaución anticipada, que se lanzan como cohetes prendidos con aire, demasiado atentos a las reacciones, captando cada movimiento para transformarlo en señales. Una mirada cómplice, un roce fortuito, una pregunta insegura. Pero siempre manteniéndolas frías como témpanos de hielo. Y ahora, el hielo se derrite, y da paso a impulsos nuevos de naturaleza no desconocida pero si olvidada a la suerte del destino, que parece volver otra vez, lento y delicado, frágil y desesperadamente vivo de emociones. Es atracción. Mirar sus ojos, sus labios, sus manos. Preocuparse de problemas de cosas que no existen siquiera, pero necesidad incesante de volver a vivir lo que una vez fue especial. Quizá romper las compuertas de una vez por todas a través de lágrimas de sol, e inundar el mundo de sensaciones dulces que sólo parecen vivir en otros mundos, en el mundo de los sueños, seguramente. Arriesgar es mi prueba. Dar para poder recibir. ¿Y el miedo? Conseguir que desaparezca, sin más. Echarlo de donde no es bien recibido y ser valiente. Valiente, al menos una vez más.