10 sept. 2014

Aires difíciles

El viento se llevó las hojas sueltas que habían caído en la última estación. Algunas llevaban en el suelo más tiempo del que a nadie le gusta verlas a su paso. Otras se habían soltado del fino hilo que las mantenía unidas al tronco de una manera imperceptible y habían caído, finalmente, por falta de coherencia o cohesión, ya no me acuerdo. Había otras que se resistían temblorosas al vaivén del aire con una fuerza sutil que parecía permanecer de manera perenne. Sin embargo, a mí las que más me gustaban eran las que permanecían unidas con fuerza. Las que sin pretenderlo formaban parte de un único tándem, no perfecto, pero sí armónico. En confianza, en simbiosis. Esas hojas se parecían. Su movimiento era uno solo, al compás de músicas distintas, pero con el mismo ritmo, la misma base, el mismo hilo conductor. Eran distintas versiones de un mismo carácter, de un mismo conjunto. Habían sobrevivido. Habían permanecido en el tiempo logrando pasar por épocas difíciles. Por agua, por otros vientos, por fuego. La idea de su destrucción se hacía impensable. Y aunque nadie sabía si acabarían cayendo, solo un necio diría que no estaban  hechas para soportar mil y un vientos juntas.




22 jun. 2014

Del cajón en el que me escondí


Cuando volví a dedicar mi cansada mente en lo que en realidad me rodeaba, me sentí soprendentemente escondida en un cajón pequeño del que seguro no quería salir. Apenas entraba luz. Y lo que yo pensaba luminosidad clara no era más que un calor apagado artificial que irradiaba débil hacia mí desde los que estaban fuera de mi alcance. Apenas tenía sitio suficiente para estirar las piernas, apenas para pararme a respirar el aire condensado y preguntarme en voz bajita cómo había llegado hasta allí. Los cajones más grandes se habían ido cerrando con estrepitoso estruendo. Unos por amores correspondidos que se quedaban sin tiempo para poder asomarse a averiguar si los demás estaban llenos o vacíos. Otros por cambios de opiniones que, en contra de todo pronóstico, habían cambiado de mueble en el que estar. Otros por egoísmo humano, estrella indispensable que nunca falta a cualquier fiesta de recuerdos. Y algunos llenos de incertidumbres y dudas enmascaradas en mentiras que, irreconocibles a primera vista, no supe reconocer cuando me asomé a ellos. En cualquier caso, me había quedado sin hueco en el que compartir espacio. La madera oscura y agobiante se cernía sobre mí y se convirtió, como cuando no confío en mí misma, en compañera fría de caminos que absorbía con violencia todo lo que se desprendía de mí según me llegaban lentamente las ondas de sintonización cambiante que veía en el exterior. Como una radío anticuada y vieja de la que solo se escuchan ruidos incoherentes. No me había planteado salir de donde estaba. Ni siquiera pensé en cambiar de posición. Como en todos los refugios habidos y por haber, la comodidad de ser invisible me impedía darme cuenta de que, como cada vez que me tornaba transparente, todos los problemas se estaban escondiendo en mí sin más camino que las mentiras que yo acabara contándome a mí misma. Con tal oscura precisión que yo me lo creería de nuevo y ya no habría vuelta atrás. Otra vez. Si tuviera cerradura podría anclarme al tiempo para que pasase sin mí. Pero no hay, y el olor que siento a humedad y polvo viejo no viene si no de aquellos vagos recuerdos que saben, sin duda, hacerme daño. Lo único que puedo hacer ahora es cerrar el cajón y confiar en que nadie procure asomarse. ¿Para qué? Sólo encontrarían la desesperación que existe en quien quiere gastar el último cartucho de una pistola que no sabes seguro si llegaron a cargar alguna vez. 

8 may. 2014

Cuando escribíamos

Una vez alguien me dijo que le gustaba mi letra cuando escribía despacio. Que era pequeña, redonda y ajustada siempre al margen. Después me miraba y sonreía. Y yo, por extensión, también. Cuando escribía deprisa no le gustaba. Decía que para letras rápidas le gustaba más la suya propia. Qué sabría él. A mí su letra me encantaba, aunque siempre le decía que no. Pero yo sé que no se lo creía. Su letra era estrecha y alta, muy junta y compacta, como si quisiera dar a entender que había más escrito de lo que realmente había, cosa que no interpreté correctamente hasta que no nos vimos caer sin remedio en la única guerra fría que al final, me tocó vivir. Todas sus letras medían lo mismo. Parecía hecha a propósito su linealidad. Siempre tan terco y tan maravillosamente preciso. Dicen que la escritura de uno refleja cómo somos. Quizá sea cierto, quién sabe. Ya no me paro a pensarlo. Solo cierro los ojos, veo su letra y le veo a él. Y es jodidamente enfermizo. No hay ni siquiera excusas. Qué no daría yo por ver su letra una vez más, y si es por pedir, ver sus ojos cuando me miraba por aquel entonces. Él tan hielo y yo tan fuego sin saber a dónde ir.





8 abr. 2014

Storm

Una tormenta que aguardaba silenciosa hasta que decidió descargar. En un momento seguro impreciso, inoportuno y casi incoherente. Nunca se necesita una tormenta. No a placer. O sólo cuando ya está todo tan oscuro y negro que es la única solución para empezar de nuevo. Para renacer en otro sitio, a otra hora, con otros pensamientos. A veces incluso con otras personas. Pero nunca se sabe qué hay detrás de una tormenta. Puedes estar arriesgándote a un cambio inesperado que te deje k.o. Pueden invertirse los papeles y, de repente, tener sólo preguntas sin respuesta. O puede mojarse sólo tu ropa y resultar todo lo demás inamovible. Nunca se sabe. En cualquier caso, las tormentas vienen y van porque todo es cíclico. Y el agua, al fin y al cabo, volverá a su cauce.


26 ene. 2014

Negro sobre blanco


Si yo te contara qué está pasando dudarías de todo y de nada. Sobre si me conoces realmente, sobre si sabes quién soy o cómo soy. Cómo gasto el tiempo, cómo hablo. O si la forma de esconderme ha variado desde la última vez que decidí irme para no volver. Pero fue mentira. Volví. Una y dos veces más. Hacia el enganche que no sabe por donde cogerme. Hacia esa laguna extensa que no tiene fin porque no existe. Me estoy escapando. Contengo la respiración a la espera de saber qué es lo que ocurre o si en realidad ni siquiera merezco saber la explicación. Todo da vueltas. Giramos. A veces intuyo que es negro y otras que es blanco. A veces soy yo, otras veces tú. Pero casi nunca acierto cuándo es cada uno. Siempre voy tarde. Abro los ojos y el agua me inunda. Pero ya no lloro. Es como ser ciega ante lo que te limita. Es como fallar en el tiempo de prueba cuando nadie mira y sólo sabes que se agotan los segundos. Uno, dos, tres. Cuento despacio. La realidad me llama. Grita mi nombre. En las personas, en las cosas que hago y en ti. Ven y escucha lo que tengo que contarte. Siéntate conmigo. O da igual, no vengas. Ya no importa. Mentiré de nuevo, se me da bien, y al final serás tú quien se marche. Y ya no volverás. Nunca, lo presiento. Será negro entonces, y no estaré equivocada. 
Y será el fin. Aunque yo no lo quiera.

22 ene. 2014

Familia

Dicen que son los detalles los que marcan en ti esa huella que hace que te sientas de una manera u otra. Pueden hacer que te sientas triste o solo. O feliz y eufórico. O simplemente afortunado. Agradecido. Y dicen también que uno, al final, solo puede contar con su familia. Que es el único pilar que permanecerá fiel en tu vida cuando necesites ayuda o un empujoncito para respirar. Y es bien cierto. Pero quizá no había caído antes en que familia puede convertirse en familias cuando comprendes el significado de la amistad. Personas que llegan a tu vida por las razones que sean. Porque pasas con ellas más horas en el transporte público que en tu casa, porque compartes con ellas tu profesión o tu manera de ver la vida. O porque sin necesidad de atropellarse, llegas a un equilibrio en el que sientes que tienes un lugar en el mundo. No importa como seas. Escuchan siempre con atención tus más y tus menos. 
Y, precisamente, te quieren por eso.

12 ene. 2014

Fantasmas

Igual, cansada de los principios que están establecidos en este mundo, tomé la decisión equivocada en el momento oportuno para haber tomado la decisión correcta. Igual no debí haberme movido de donde estaba y permanecer quieta observando todas esas cosas que por el momento eran desconocidas para mí. O igual debí haberme callado o haber mentido, dadas las consecuencias que gané siendo lo sincera que trato de ser siempre. Pero en cualquier caso, y demostrando que el ser humano cae más de una vez en la misma piedra, no supe ver lo que debí haber visto y me caí. Pero bien se sabe que de nada valen las lamentaciones y, ahora, que cualquier roce me llena de recuerdos que apenas puedo soportar, es imposible no hacer balance y saber ver que allí donde estés, no estás conmigo. Y que no puedes saber que te pienso y que te extraño y que me moriría por contarte que, quizá ahora, no me hubiera equivocado. Que quizá no tendría ninguna duda acerca de qué decirte o cómo mirarte. Y mira que de verdad sólo me bastaría con eso. Con mirarte sin decir nada. A lo mejor hasta podrías saber lo que pienso, como hacías antes. Sin necesidad de abrir la boca. Cuando podías responder por mí porque eras la otra parte de mi yo. Pero ninguno sabía que desapareceríamos lentamente sin dejar huella y que, como fantasmas, me perseguirías ahora más que nunca, y con pavor diría que siempre. Cuando trato de analizar todo lo que me enseñaste y todo de lo que me tuve que curar de ti. Y aunque parece que tengo las lecciones aprendidas, no desaparece el miedo. El miedo a que no vuelva a aparecer nadie como tú y nunca más tenga la sensación de que vuelvo a estar completa. 


30 dic. 2013

Aprender

Cuando se trata de aprender, es mejor dejar la mente en blanco. Para que se adapte mejor a todo aquello que está por venir, a lo que está por llegar; y que, sin ninguna duda, dejará en ti una huella que tardará bastante tiempo en disolverse. No es fácil dejarte aprender. Porque no consiste solo en integrar experiencias nuevas de las que no tenías conocimiento o establecer nuevas preguntas cuando, para muchas otras, ni siquiera tenías respuesta. Aprender significa confiar en ti. Significa dejar a un lado tus ideas ya preconcebidas para asimilar otras que bien pueden cambiar todo lo que hasta ahora había tenido sentido en tu cabeza. Significa saber que no lo sabes todo y que no siempre llevas razón. Significa integrar ideas con lo que ya existe en ti. Y darle forma. Mezclarlo todo para formarte más, para completarte, para realizarte. Para madurar sin prejuicios. Este año he aprendido que siempre hay alguna variable más que añadir a la ecuación. Sea cual sea el problema. Sea cual sea la incógnita. He aprendido que siempre hay otro punto de vista desde el que seguramente no se ve lo mismo que desde donde tú estás. He aprendido que hay muchas personas que pueden ayudarte y que permanecen para ello, y comprendido que hay muchas otras cuya función es simplemente que aprendas una lección que no sabías. Porque luego se van. Pero lo más importante es que hay que aprender de todo. De las emociones, de los triunfos y de los fracasos. Y sobre todo de las personas. De sus maneras de ver, de su interacciones contigo. De lo que pueden ofrecerte y de lo que te dan. De lo que tienes que darles y no les das y de lo que les das sin saber si se merecen. Y que sea bidireccional. Que sea recíproco. Aprender de tus errores y de los suyos. De las vivencias aisladas y conjuntas. Porque siempre va a faltarte algo que no has comprendido y se te ha escapado, y siempre va a haber alguien que pueda explicártelo para hacerte comprender que todo es mucho mejor si es compartido. Que es más instructivo y más ameno. Que es más acogedor e interesante. Que llena más. Que es vivir confiando y que no hay nada mejor. Porque si aprender es importante, lo es el doble no aprender solo. Es la clave. Porque mi balance de este año es que por el mundo puedes encontrarte con personas maravillosas que aprendan contigo. Y eso es lo mejor que puede ocurrirte.

25 jul. 2013

Luna

Sólo sé que fue. Pero no si un error o un acierto. Si un ahora o un después. Si un presente o un futuro. Si un regalo o un desprecio. Sólo ahora ha pasado. Y pensado hasta la saciedad. Hasta que ella misma me dijo basta. Hasta que la furia del anhelo del que me cansé esperando se transformó en algo etéreo que se escapó de mis manos. Y luego, nada. Vacío absoluto. Como una habitación cerrada cuya puerta rechina al abrirse. Como un cielo despejado que anuncia tormenta. Eco de mis propias ideas, presa de mis hechos, de mi conciencia. Yo no sé hacer ésto. No se querer así. No puedo. Gritaría hasta quedarme sin voz. Hasta que el aire me faltase y tuviera que llorar de rabia. Hasta que alguien pudiera responder a mis preguntas. Tengo miedo. Miedo al egoísmo humano, a la desconfianza del que ha sufrido, al dolor. A las trampas habladas, a los pasos en falso que acaban contigo. A las mentiras que todos contamos, a los juegos que no sé jugar. Al desconocimiento sin explicación. A ceder mi vida, a perder mi alma. A entregar mi mente. A salir de mis ideas, de mis creencias. A escuchar cosas que no quiero oír. A que alguien rompa mis esquemas. A que dure poco o mucho. A que sea. A que exista. A todo. Yo estaba bien donde estaba. Yo tenía el control. Pero ahora me han quitado el mapa y estoy sola. Perdida. En este mundo de luces y sombras donde, a parte de la luna, no distingo nada...


11 jul. 2013

Nudos

El aire levanta el viento y vuela tu ganas de seguir. Tus ganas de conseguir. Así como todo cuadra en un segundo, de repente, cambiamos de dirección. Y sin que el tiempo te dejé abrir y cerrar los ojos, ya no está. Cegado en razones y sentidos tientas adelante por si encuentras algo. Pero no hay nada. Ya no sé si la oscuridad encierra lo que queremos o no. Si es el máximo o el mínimo. Si es la entrada a la luz que aún no vemos. Si es sí o es no. Caminamos lejos. Sin pensar que la vida es vida y puede irse. No importa. No estás ahí y hoy quiero que estés. Bajamos de nuevo y luego subimos pero no cambiamos, no crecemos. No aprendemos la lección. Tiramos de la cuerda fuerte. Juntos, pero en distinta dirección. Y no pensamos en qué pasaría si uniéramos fuerzas. 
Quizá el aire no levante el viento, quizá lo atraiga hacia él. 
Yo ya no distingo. Ni entiendo. La vida, a veces me puede.


8 may. 2013

Ver para creer

La vida es impredecible. Cuando menos te lo esperas es cuando te suceden las cosas. No importa que hubiera algún momento en que estuvieras preparada para algo que querías. Justo por eso, no sucederá. Porque la vida no es justa. Y le gusta jugar. Quitarte lo que deseas para que te sorprendas y te sobrepongas. Y cuando estés en otros aires, deseando algo nuevo y maravilloso, la vida se acordará de aquello que tanto quisiste en otro tiempo y te lo pondrá delante otra vez. Lo pondrá frente a tus ojos y te hará dudar para que te líes y te enredes y vuelvas a encontrarte con un pie en cada vía sin saber a dónde vas. Y eso no vale. Pero no deja de ser aprendizaje, aunque a veces duela. La vida es lista y sabe lo que hace. Ya puedes plantearte todo tipo de cuestiones con o sin respuesta, ella siempre dejará que lo averigües en el momento exacto y preciso que ella quiera. Y créeme que el destino es caprichoso, y todo sucede por alguna razón. Aunque no la entiendas, aunque no quieras escucharla en ese preciso instante. Aunque prefieras engañarte y creer lo que en realidad es menos evidente. Es igual. No te servirá de nada porque siempre ganará ella. Pero acepta sus retos y esfuérzate en superarlos. Porque la vida nunca te pone frente a situaciones que no puedas superar. 


10 abr. 2013

Siguiendo

Quizá con la primavera cambie todo. Quizá lo que yo quiero que cambie o quizá lo que ya me parece que está bien. Todo son incógnitas y preguntas. Y lo odio, como siempre. Cada vez que voy en el tren voy buscando con los ojos pero aún no he visto ninguna amapola. Creo que aún es demasiado pronto. Nunca es bueno adelantarse pero a veces es inevitable. Porque si bajas las defensas, de repente ¡pam! cuando menos te lo esperas, batacazo. Directa al suelo. Y así no. No es la mejor forma, y soy consciente de ello, pero bien sé que es efectiva. Estar alerta, reaccionar ante todo sin mostrar nada. Incluso aunque parezcas una idiota sin sentido superficial y cabezota. Es mejor. Porque todo duele menos. Es fácil sonreír cuando quieren verte alegre. No es complicado. Qué más da que sea verdad o no. Si se te ve así, todos van a creerlo. Se ahorrarán explicaciones que ni tú entiendes y no se perderá el tiempo. Ni el tuyo, ni el mío. No tiene sentido compartir tus problemas si no tienen solución o si no la encuentras. Y además, no sirve de nada. No sirve que quieras saber cómo estoy si luego no cuentas conmigo. Porque como todo el mundo dice, las palabras se las lleva el viento. Y puede que peque de lo mismo. Seguro que sí. Pero es porque ya estoy cansada. Harta de buscar que es lo que falla, cual es el gran error. Porque si no lo sé, no puedo solucionarlo y si no lo soluciono, nada va a cambiar. Por millones y millones de primaveras que pasen.

20 ene. 2013

Tren

Esa sensación es la que busco, sin saber apenas describirla. Incluso la soledad se agota de vez en cuando y se lleva mi luz. Ahora no veo nada. Y en la oscuridad solo distingo las sombras que una vez bien conocí y que ahora apenas recuerdo. Pero sí su olor. O sus maneras. La calma de la quietud intranquila que apremia el tiempo de las preguntas. Que instiga a resolver la cuestión escondida. Y si tuviera alguna respuesta, la escribiría donde nunca se me olvidase la cura para estos males. Necesito aire para respirar y necesito espacio que me oxigene. Que renueve las calles, los tiempos. Las notas y los deseos que nunca dije en voz alta y que se cumplieron sin más. Las palabras de siempre desde hace años y la pureza de dos mentes que borraron los sucesos que las unían. El nexo de algo que el tiempo disipó sin más ayuda que las prisas. Arena tostada que, esparcida en nuestros ojos, niebla el humo y las preguntas más importantes. Y la dificultad de sostener y fingir algo así. El ruido se fue contigo. Y yo me marché en el tren. Sin testigos que pudiesen observar. Metros de pasos ahogados en el sí o el no. Final resuelto. Sin heridos. Perseverancia de deseos ahogados en la almohada y de historias que nunca tuvieron su final. Caminos que se cruzan segundos y siembran dudas. Dudas nostálgicas pensantes de pasados truncados por la raíz. De flores que nunca fueron regadas, de vientos que asolaron cualquier rastro de vida en el amor. Destrucción, desolación, desesperación. Pero también destino. Sin resolver. Sin desenlace. La cama está vacía y la luz se ha encendido. Veo, oigo y siento. Pero no lo que quería sentir.


26 dic. 2012

Dónde estás

Ojalá pudiera saber dónde estás para contarte lo que estoy pensando. Aunque si lo supiera, seguramente no lo haría. El tiempo se me está escurriendo entre las manos y de mis dedos ahora sólo caen las últimas gotas de las fuerzas que un día tuve y que han acabado por desaparecer en una niebla espesa donde todo es nada y nada parece lo que es. No entiendo cómo puedes faltarme así después de tanto tiempo. Y menos entiendo cómo sabiendo en quién me transformaste, no soy capaz de odiarte ni con una milésima parte de mi ser. Pude tenerte y no te tuve, igual que pude luchar por ti y no lo hice. Siempre creí en el destino pero ahora ya no sé qué pensar. Los años no pasan en balde y las hojas de los árboles están en el suelo tiritando de frío cuando les cuento que no tengo ni rastro de ti y que te echo de menos. No puedo cerrar la ventana que abriste. Mis intentos se han quedado en tristes amagos de realidades de colores que con el paso del tiempo han desteñido en un blanco y negro que tira más a un gris pálido que ni siquiera brilla. Pero no soy tonta y no quiero engañarme. Nunca quise cerrar tu ventana porque nunca quise rendirme contigo. Pero nadie se dio cuenta, y tú tampoco. Ahora no estás. Ni siquiera cerca, ni lejos. Nada. Se evaporó la última esperanza del resquicio de la locura que un día compartimos y que dejó de existir cuando, ávidos de todo lo que no era un nosotros, lo arrojamos por el precipicio sin saber que no había forma de volver a recuperar lo que tiramos. Lo vimos caer, cada uno desde un lado del océano que reflejaba la frialdad de tus ojos y las lágrimas de los míos, pero no fuimos capaces de mirarnos y reconocer el último deseo en el que estábamos de acuerdo. Todo lo que tengo me recuerda a ti, pero es peor que también me recuerda a ti lo que no tengo. Todo lo que de alguna manera me arrebataste y todo lo que sigues teniendo de mí. Y ahora me debato entre anudarme para siempre al recuerdo que destruimos juntos y esperar no volverme  terriblemente loca o avanzar a ciegas en un mundo que quiere hacerme menos daño del que yo siempre presupongo. El viento me grita y no entiendo lo que dice, pero yo sigo escuchando Yesterday e imaginándome que algún día volveré a verte. Tengo mil cajas que abrir como la que tú me daste pero no quiero ninguna. Todas chocan y, cuando estoy a punto de levantar una de las tapas que puede devolverme a mi mundo sin ti, un vendaval de arena blanca nubla mi mente hasta que hago que todo desaparezca sin importarme que esa arena pueda dejar ciegos a los demás. Soy egoísta cuando pienso en ti pero eso ya no puedo cambiarlo. Si pudiera dar marcha atrás todo sería distinto y estarías aquí conmigo. Te estarías riendo de mí y yo fingiría enfadarme. Y eso siempre sería mejor que preguntarme dónde diablos estás sin obtener respuesta alguna.

27 sept. 2012

Hasta el final

Estuvo bien cuando sonrió así nada mas verme. La expresión de su cara y sus labios me encendieron eléctricamente en apenas un segundo y tuve que sonreír para llegar a una toma de tierra que no me permitiera electrocutarme del todo y perder el control. Una pequeña e intensa luz se encendió rápidamente en sus ojos y se apagó al instante, transmitiéndome el calor suficiente para sentir un extraño y agradable cosquilleo en las palmas de mis manos. Sostuve disimuladamente la mirada en el mágico tono de su piel y me dispuse a observar en silencio su comportamiento. Sin apenas permitirme un parpadeo, me sorprendí abstraída en la suave dulzura que rodeaba la forma en la que se movía. Con una pasión cuidada que rayaba la superficie de lo que podía significar la más simple de las caricias, siempre  estaba atento a cualquier signo que pudiera deslizar hacia el más intenso de los placeres sin tener tiempo para sobreponerse a su determinante tacto. Hábil, ágil, haciéndose querer bajo el intenso escenario de una ligera y determinante prohibición que únicamente provocaba la agudeza inmediata de nuestros sentidos, gastábamos el tiempo en frases entrecortadas de las que nacían las mariposas que se empeñaban en permanecer fielmente en mi estómago cada vez que nos encontrábamos. Sorprendentemente capaz de provocar la más inocente de las respuestas en mí y haciéndome en la dicha más absoluta, bastaba para evadirme de los oscuros torbellinos grises que se empeñaban en acabar conmigo. Sus fuertes brazos tardaban un segundo en rodearme; el mismo tiempo que tardaba su intenso olor a sudor dulce en pararme la respiración y asaltarme la duda de qué pasaría cuando tuviera que irme de verdad. Sonreía con deseo escondiendo la cara en la suave superficie de su cuello y escuchaba en susurros esa voz que ya había deseado que fuera mía. Sólo por un momento le creí cuando me dijo que no me dejaría marcharme. Apreté mis labios con fuerza contra su piel y le miré fijamente a los ojos para escucharle. Se paró el tiempo entre los dos y antes de que pudiese articular palabra supe que, lo quisiera o no, estaba totalmente perdida. Un segundo después no me quedó más remedio que abandonarme porque increíblemente lo había conseguido. Yo ya era suya hasta el final de los finales. 






25 sept. 2012

Otoño

El mundo se rompe. Parece que el otoño no sólo deja atrás al verano. Con él no sólo se va el sol. Se van las luces, los colores y se va la inocencia de un alma que siempre creí intransformable. Cuando crees en algo tan fuerte que sientes que a veces es la única certeza que puede existir en ti, nunca esperas que pueda romperse. Cuando piensas que eso, precisamente, es lo que había llegado a formar parte de tu paz interior, de tu luz; llega el frío, el cambio y la oscuridad. La oscuridad de tus miedos, de las palabras imprudentes, de los impulsos. De formular preguntas sin respuesta y de escuchar respuestas a preguntas que no te atreves ni siquiera a concebir en tu cabeza. La antítesis del blanco y del negro, del agua y el fuego, del bien y el mal. Del puzzle cuando se ha perdido una pieza. Cuando sientes que no está completo, cuando incluso a ciegas ves que lo que estaba ahí, ya no está. Y la pieza no aparece. No la encuentras. La intentas sentir; con tus cinco sentidos. La buscas, la intuyes. Casi la reconoces y en el último instante desaparece, transparente en una dimensión que no conoces. Se aleja riéndose de ti, dejándote con cara de tonta y provocándote dolor  en los ojos. Y tú, no puedes hacer más que cerrarlos con fuerza durante varios segundos y contar hasta diez, o hasta veinte, para no acabar traicionándote porque te resulta imposible no llorar de rabia e impotencia. 


21 may. 2012

Complicaciones


No es complicado fijarse detenidamente en lo que son las cosas en sí. Es más complicado traducirlas para ti mismo y buscarles el significado que realmente quieren transmitirte  y no el que quieres que tengan. A mí siempre me sale al revés. Pero en cualquier caso, casi todo es subjetivo. Y al igual que el más nimio de los detalles puede ser fruto de la casualidad más banal, puedes esforzarte en algo con todo tu ser y que al final no obtengas ningún resultado. Tampoco es ningún resultado. Más bien el contrario. Cuando tu única tarea era marcar el destino con una cruz que dijese que contara contigo, acabas consiguiendo sin ayuda la destrucción de aquello en lo que empezaste a creer. Es una manera extraña de psicología inversa. Es la reina de las proporciones inversas.  Cuanto más deseas algo, más lejos se coloca. Más obstáculos tienes que vencer para verlo, para sentirlo. A veces esos obstáculos son montañas, océanos que atravesar. Con pruebas, con trampas en las que puedes demostrar cuánto realmente ansías tu recompensa y cuánta capacidad de esfuerzo tienes. Cuánta voluntad, cuánta perseverancia. Y eso es lo más sencillo. El resultado final depende de ti. Única y exclusivamente. Y si realmente lo quieres, podrás atravesar miles de montañas incluso si sólo llevas unas chanclas en los pies. Pero otras veces, es todo lo contrario. Puedes romperte la cabeza, el corazón. Dar de ti hasta lo que no tienes para que el final de la historia dependa de aquello que jamás podrás cambiar. La objetividad. Aquellas partes de ti que permanecen en todas circunstancias porque de otra manera ni siquiera serías tú mismo. Esas que te atormentan desde la última vez que parecías querer algo de verdad. Esas que reavivan tus pesadillas y que siempre consideraste como el más pesado y negro de los lastres. Y cuando te pasas media vida tratando de asumir  que todas esas gotitas forman tanta parte de ti como todo lo demás, descubres que no hay otra vía para ver que por ello, no puedes conseguir aquello que quieres. Te recuerdan. Te abren las heridas y lloras. No favorable. No favorable. No favorable. Siempre igual. Siempre en silencio. El dolor sordo de una bala que ni siquiera sabes dónde te ha dado. Y lo mejor es que la más alegre de las ignorancias cubre todo como un velo transparente. Transparente tornándose translúcido. Para acabar de un opaco mojado que gotea intenciones que por el momento sólo son susurros.Y que al final, acabe doliéndote el alma. Y reconozcas el dolor como aletargado en ti. Pero no puedes pensar otra cosa que la culpa es tuya y que todo, desde principio está mal hecho. Y no hay manera de retroceder. No existe un camino por el que puedas escapar por la tangente, en la que puedas dormirte y retroceder en el tiempo. Pero no hay manera. Una vez empezado, todo se multiplica en progresión geométrica. Planes A, B y C cuyo final acaba siendo el denominador común de todo lo que tratabas de evitar desde un principio. Pero es lo que pasa por alimentarte de esperanzas que engañaban por su información sobre lo desconocido. Por fantasear sin límites y volar hasta caerte. Hasta machacarte mentalmente y no conseguir que algo te responda. El ser incapaz de buscar una solución mientras sientes y te prometes que jamás volverá a pasar algo así. De verdad, de verdad que no. Y a pesar de todo y de que una pequeña voz te esté diciendo que nunca digas nunca, sabes que no estarás dispuesto a pasarlo de nuevo y que por una vez, si dices nunca, es porque de verdad piensas que es un nunca jamás. 

18 abr. 2012

Formas

Puede que alguien te haya dicho alguna vez lo bien que estás haciendo algo, lo bien que sabes sobrellevar una situación, cuanto menos, complicada. Es posible que hayan admirado la fuerza que demostrabas y puede que hasta se hayan sentido orgullosos de ti. Por cómo ves las cosas y por haber aprendido a objetivarlas. Y aunque tú estés escuchando atenta a todo lo que habla a tu alrededor, sigues pensando que, en realidad, no tienen tanta razón como te gustaría. Que igual que piensan lo fuerte que eres, piensas tú de tu debilidad. De tu dolor escondido entre millones de cosas felices. Del día a día que pasa sin que consigas sacar una sola conclusión sobre la que decidir. Bueno, si que tienes una conclusión. Pero es una conclusión que odias, que detestas y que sólo sabes pensarla sin atreverte a decirla en voz alta. Porque no es la que quieres y en el fondo de ti, sabes que  ni siquiera es la que te mereces. Porque la vida no es tan justa como nos hacen creer, y a medida de que creces se da uno cuenta de que hay cosas que simplemente te joden hasta que sabes afrontarlas con valor. Y lo mejor es que conoces lo que debes hacer, sabes que deberías alejarte para no perseguir algo que no existe. Porque la inexistencia también hace daño. Pero no sabes salir. No entiendes el mecanismo de huida, y no reconoces la posibilidad de entender el bucle en el que estás metido sin que se vea lo que estás sintiendo. Y a veces no entiendes nada y sólo quieres acurrucarte en un lugar donde no haya nada. Ni conclusiones, ni decisiones erróneas. Ni vanas esperanzas, ni ninguna clase de conformismo superficial. Sin pensar en qué podría haber pasado si las cosas no hubiesen pasado de esa forma. Si alguno de los dos bandos hubiera estado dispuesto a ceder sus armas para compartir sus convicciones...


25 ene. 2012

Ya está

A veces me siento sola. Otras, estoy deseando que todos me dejen en paz. Suelo contradecirme. Me gusta escuchar cosas desconocidas y aprender de ellas. Me gusta la playa. He visto amanecer tantas veces que no recuerdo la más especial de todas. He sido más cobarde que valiente en la mayor parte de mi corta vida, lo que no quiere decir que vaya a ser siempre así. Me gustan las noches de frío cuando tengo a alguien que me abrace. He contado las estrellas de cielos infinitos en lugares que ni siquiera me parecían geniales y he llorado por deseos que jamás se encontrarán a mi alcance. Podría pasarme la vida comiendo fresas. Con azúcar, con leche, con nata. He cantado hasta quedarme sin voz, más sola que acompañada y además he escuchado guitarras en manos de personas a las quiero con locura. Sólo recuerdo los sueños que son importantes. Me gusta dormir abrazada a mi almohada de siempre y me enfado si no puedo hacerlo. Soy caprichosa. No me gustan nada los pies, ni siquiera me parecen bonitos. He soñado con besarte varias veces y me he reprochado mi propia estupidez por no ser capaz de querer entender la realidad. Tengo la cualidad de observar aquello que me rodea y he aprendido a pensar dos veces antes de hablar. He querido desaparecer muchas veces de muchos sitios y he agradecido muchas más el haber estado en el momento y lugar oportunos en bastantes ocasiones de mi vida. Me he asustado al comprender el significado de la palabra imposible y me he conformado con aceptar las consecuencias de todo lo que me ha resultado improbable. He escuchado voces que me han estremecido y he sentido caricias que me han hecho derretirme. Soy bastante tonta. Procuro reírme a todas horas, incluso los días que estoy triste. Me he enamorado de más bolsos que de personas y de más días que de noches. Soy romántica hasta resultar empalagosa, aunque necesito mi espacio. He sido protagonista y testigo de situaciones que rompían el alma y he dado abrazos para sostener la peor de las desesperaciones. He bebido para olvidar y he logrado olvidar aquello que me hizo daño durante años. Adoro el fútbol más que cualquier otro deporte, aunque nadar siempre me relaja. Me encanta hacer regalos. Y me vuelvo loca envolviéndolos. En realidad, me vuelvo loca con cualquier cosa. Tengo muy mal genio, como mi madre. Aunque soy incapaz de estar enfadada con gente a la que quiero. Ando por el mundo en busca de la felicidad. Incluso he estado cerca de alcanzarla, pero aún me queda un poco, y mientras tanto, no sé. Vivo mi vida, y ya está. 

21 ene. 2012

¿Sabes qué?


La mente es un lugar complicado. A veces,  sin darnos cuenta notamos que ni siquiera la entendemos;  y otras, podemos entenderla tan bien, que la guiamos para que ella sola nos indique los pasos que tenemos que dar en la vida. Sea lo que sea, debemos tratar de entendernos, analizarnos y ser objetivos con nosotros mismos para mostrar el resultado final al mundo. Para que nos quieran o nos odien, para que nos admiren o nos ignoren, o simplemente para que cuenten con nosotros. Pero no te abandones nunca. Ríete de ti mismo, acepta tus defectos y aprovecha tus virtudes. Realiza tus sueños y cumple tus propósitos y promesas.  Sé consciente de que siempre hay personas que están ahí para ti, para darte un abrazo cuando lo necesites. Simplemente, exprésate. Escribe cada detalle que coma tu curiosidad, todo aquello que te sorprenda; las experiencias más dulces y las más difíciles. Grita cuándo eres feliz y renuévate cuando estés triste. Y no te olvides de sonreír. Por dentro y por fuera. Quiero que derroches energía. Entrégate y corre riesgos. Da para poder recibir y pide para que puedan darte. Siente amor, alegría, besos, lágrimas, nostalgia, abrazos, recuerdos, historias, confusiones, errores. Confianza. Pero ante todo sé libre y fiel a ti mismo. Yo te quiero así.