19 dic. 2011

(Im)posible


No sé si alguien sabe lo que es realmente tener el corazón dividido. Ella lo tenía. En ese momento se sentía partida en dos mitades. Y aunque aún se preguntaba cuál era la solución a su problema, era la primera vez que no se sentía agobiada ante la desesperación de sentir constantemente cosas tan contradictorias. Porque una de sus partes tiraba de ella hacia todo lo que siempre había vivido. Hacia las ideas preconcebidas de su existencia, a las costumbres que siempre había considerado como válidas sin pararse a pensar qué clase de luz podrían arrojarle otras personas sobre ello. A la sencillez de vivir sobre lo predecible de sí misma, y a dejar de mirarse desde tan cerca, cuando de lejos siempre la había ido bien. Pero la otra parte se mantenía firmemente entregada al conocimiento de lo desconocido. Al lento descubrimiento de la dulzura de la más terrible de las inocencias que había descubierto en una sola persona. De las preguntas sencillas que se basaban en complejos pensamientos. De las canciones que nunca pensaba que la harían llorar. Y aunque su cabeza supiera que no todo lo que se arriesga se gana, no podía aguantar. Recaía constantemente en la energía de sus sonrisas y por qué no, del sonido de su voz. Abandonaba irremediablemente cada gota de su orgullo para ceder ante el presentimiento de cualquier excusa nueva y apenas sin estrenar. Pero esta vez estaba siendo distinto. Se estaba controlando. Estaba luchando contra el reflejo que más la había costado conseguir. Luchando contra la vulnerabilidad de expresarle todo aquello que pasaba por su cabeza independientemente de las consecuencias que pudiese causar. Sintiendo que los nervios podrían jugarla malas pasadas pero mostrándose tal y como era. Quizá por primera vez en mucho tiempo. Y una vez, había reaccionando de nuevo, posicionándose en guardia con el más resistente de los escudos que acostumbraba usar. Había huido ante la rapidez de la invasión de su alma sin poder resistir la presión de las lágrimas sobre sus ojos. Pero estaba desarmada. Porque estaba ganándole la partida sin haber acordado ni siquiera empezar el juego. Y lloró porque la contradicción bailaba en ella a la vez que creía saber lo que iba a ocurrir. La unión de dos mundos coexistentes pero incompatibles. Improbables, impensables pero con la inherencia de que lo opuesto se atrae. Pero tan sólo deseaba una cosa para seguir el camino que creía empezar a ver. Poder oír cuanto antes a alguien que la dijese que absolutamente nada en este mundo es imposible.

27 nov. 2011

Remolinos



No era normal. Si visualizaba para atrás todos los acontecimientos que la habían ocurrido últimamente seguramente se marearía del susto, del miedo. Por eso evitaba hacerlo. Porque sabía que si alguna vez lo conseguía, se abrumaría su alrededor y con la niebla no conseguiría ver nada. Tenía dentro el típico torbellino que te hace no saber lo que estás sintiendo en ese momento, e irremediablemente eso la hacía perder la cabeza y la poca concentración para las cosas aburridas que tenía que hacer obligatoriamente. En aquellos últimos días había estado con su parte humana más de normal. Había intentado escucharse, había intentado oír lo que su corazón la gritaba desesperadamente, a pesar de que incluso su cabeza ya decía exactamente lo mismo. Pero por miedo a correr, por miedo a adelantarse en lo que ella sabía perfectamente que era una carrera de fondo, había dejado aparcado aquel lado de sus sueños hasta que algún rayo de sol volviese a mostrarle lo que significaba para ella la estrella que había descubierto. El resto había sido terrible. Nunca se había imaginado en una situación que tirase de su alma tanto como la que había tenido que sufrir. Había visto muchas veces a gente llorar. A gente destrozada por decisiones injustas e inexplicables que ocurren en el mundo. Incluso se había visto llorar a ella misma por otros, pero nada como en aquel momento. Por primera vez en su vida, había visto llorar a un hombre fuerte. A uno, a dos, a tres. Había visto la desesperación en los ojos de todos aquellos que tenían la misma pregunta que yo. Una pregunta que nadie podría responder jamás por mucho que no debamos nunca decir nunca. Se había visto arrastrada por el amor humano, por las redes que unen a las personas, por el dolor sobrenatural que puede suponer la aniquilación de la más intensa de las corduras. Todos los ojos, todas las lágrimas, toda la historia, todas las miradas, los sentimientos, los abrazos y los pensamientos eran insuficientes para demostrar la calidad humana que se respiraba entre las nubes que apenas lograban tapizar un ápice de la desesperada y terrible tristeza que invadía aquel lugar. Sabía que el tiempo lo curaba todo, aunque también sabía que nunca ha valido demasiado decirlo hasta que puedes ver la cicatriz. Fue cuestión de horas, apenas dos días en los que había vivido de lejos la desaparición de la más intensa de las inocencias, retraída en sí misma mientras que algo en ella volvía a nacer. No estaba contenta, no estaba feliz justo en aquel instante. No estaba triste del todo pero si desolada ante todo lo que había visto. Realmente, su propio ensimismamiento le era desconocido. Sólo estaba esperando. Tan paciente como le era posible y tan preocupada como solía estar en su estado natural. Escuchando aquello que tarde o temprano tendría que saber. Entendiéndolo todo sin asimilar nada. Aprendiendo a sentir, aprendiendo a sorprenderse, a entusiasmarse, a reírse y a entristecerse. En definitiva, aprendiendo a vivir. 

21 nov. 2011

Tan cerca

No tenía suerte. Era algo que había conseguido asimilar con el tiempo, algo que llevaba impregnado y grabado en la piel desde que día tras día, el tiempo la destrozaba continuamente sin ni siquiera dejarle espacio para reaccionar. Y tan cabezona como era consiguió vivir sin ella. Consiguió estar en el mundo sin esa suerte que de vez en cuando ayudaba a otros, sin contar nunca con que un pequeño rayito de sol la empujara hacia lo que más quería o deseara. Y se mantenía siempre alerta, en sobreaviso para no dejarse ganar, para no caerse una vez más ante el miedo que ya tanto conocía. Pero a veces, cuando por pura casualidad algo la sorprendía, algo la asaltaba y la maravillaba, se abandonaba sin resistir a descubrir aquéllo que visto por sus ojos y escuchado por sus oídos había conseguido desmoronar esa fuerte barrera que mantenía ante todo. Y en el camino de su propio descubrimiento, de su crecer hacia lo desconocido, de su decisión a arriesgarse, de pronto, el suelo empezaba a tambalearse, a romperse en grietas por las que ella no estaba acostumbrada a caminar. Y es que todo no era tan fácil como parecía. Justo cuando comenzaba a pensar en la posibilidad de que aquella vez fuese diferente, llegaba el día en que su no suerte la devolvía al mundo donde acostumbraba a vivir. Aquél dónde ella era la única dueña de sus sentimientos, dónde no merecía la pena prepararse para dar si sabías de antemano que no ibas a recibir nada. Y mientras esperaba ansiosa el simple movimiento de una complicidad escondida en lo más profundo de unos ojos casi desconocidos, su mente volvió de nuevo a la realidad. Despertó del sueño. Mientras contenía el bostezo en las comisuras de sus labios, entendió que por el momento, estaba resignada a no poder salir de donde estaba. Aguantando hasta que alguien la llevara la última pieza del puzzle que tenía en sí misma. A dar el primer paso que ella ya no daría. A llevarse su suerte allí donde los sueños ni siquiera son capaces de saber que la necesitan.


19 nov. 2011

Ahora



De repente todo ha dado la vuelta. Estaba preocupada en abandonar esas ideas inútiles que a punto estaban de desaparecer, y ahora, han aparecido otras ideas nuevas. Limpias y recién cocinadas para que se me líe la cabeza un poco más. Y eso que esta vez es para mejor. Porque aunque las leyes de la naturaleza me tiren siempre hacia lo más difícil, lo más complicado, lo más doloroso, hay ocasiones en las que aparece todo lo contrario y esta vez, de forma inesperada me ha inundado el alma. Y no te lo crees hasta que no lo sientes. Y ese es el problema. Que aunque intento frenar lo irrefrenable, no lo estoy consiguiendo. Estoy asombrada. Encantada y asustada. Porque arriesgarse es algo complicado y aunque ni siquiera sé si tengo la posibilidad de hacerlo o no, sé que tengo que esperar. Despacio todo sale mejor. Y eso que en realidad, no sé nada pero quiero llevar razón por una vez. Antes  tengo que cerrar otras historias de descosidos que tienen hilos sueltos por todos lados y que tengo enredados e incluso con algunos nudos. Tengo que pensar. En todas esas leyes teóricas que nunca se llevan a la práctica. En pesar en mi balanza todo lo que tengo y todo lo que soy, aunque realmente ya sé para qué lado se va a inclinar sin necesidad de hacer trampas. Ir despacio es mi objetivo. Porque yo ya no quiero líos que me duelan, no quiero miradas que me opriman, sino abrazos que me acaricien y besos que me empalaguen. Pero sobre todo sólo quiero una voz. Esa que cuando quiero escuchar, me basta únicamente con cerrar los ojos.

8 nov. 2011

Tengo ganas de gritar


Que estoy harta. Que no puedo más. Que es insoportable comprobar lo pequeñas que son las cosas cuando nadie las ve salvo tú. Que estoy hasta el último pelo de mi cabeza de aguantar que el mundo hable hable y hable y yo sólo pueda escuchar. Porque aunque me callo, exploto y podría decir mucho más de lo que nadie espera. Todo lo que entiendo y todo lo que no entiendo. Todo lo que he visto, escuchado y sentido de alguien que en realidad no está. Porque la dedicación real consiste en otra cosa a lo que hacemos cada uno desde dentro. A lo que parece verdad, pero no lo es. A lo ambiguo, a lo que no esta claro. Turbio, que no tibio. Tapado, escondido, oscuro todo lo que se puede. Y luego tú te ríes. Y yo me pregunto qué coño estoy haciendo perdiendo el tiempo así. Me canso, me agoto, me consumo entera en tratar de entender. Con lo fácil que es decir las cosas tal y como uno las siente. Sin dudas, sin misterios, sin juegos. Sin premeditaciones falsas que se quedan flotando en el aire. Reacciones improvistas que te dejan como tonta y pensando cómo es posible que caigas una y otra vez en la misma piedra cuando tú misma te habías encargado de moverla a patadas de su sitio. Pero sigue ahí. Un día, dos, tres. Y se sorprende de que te canses y tú, al límite de tu paciencia, respiras hondo y piensas en frío. Tomas decisiones. Abandono. Renuncio. Me rindo. Que sea lo que todo el mundo dice que tiene que ser y no lo que yo pienso que era. Que sí, que tenéis razón. Que no vale para nada. Que he perdido. Que hagas lo que quieras. Que te he perdido antes, ni siquiera, de saber si poco a poco, hubiera podido conseguirte. 

6 nov. 2011

Música

Nunca sabes cuando vas a conocer a alguien que trastoque todos tus planes. Que cambie tu forma de mirar las cosas. Quizá estaba ahí desde hace tiempo, pero tú, ciega de todo aquello que traspasara la barrera de lo más superficial, ni siquiera eras consciente de todo lo que podría enseñarte a ver. Llegar al punto de hacerte replantearte cosas que por nada del mundo pensaste que podrían ser replanteadas. Cuando su voz retumbó en las paredes grises de los alrededores, el corazón se me encogió un poco, recordando aquellos tiempos en que la música también estaba dentro de mí. Y todas las canciones que alguna vez había tocado volvieron a sonar en mi cabeza, sonriendo para adentro por aquellos años en los que me encantaba ser objeto conductor de las notas, sonidos y acordes que de vez en cuando regalaba al mundo. Y por una vez en mucho mucho tiempo sentí en mis manos la necesidad de tocar la madera de aquel viejo instrumento que estaba guardado en algún armario de mi casa. De volver a sentir las cuerdas bajo mis dedos y poder limpiar la resina que se había quedado pegada en ellas con el paso del tiempo. Destrozar a arañazos la terrible desazón que un día de hace muchos años rompió sin piedad el frágil hilo de cristal que mantenía mi musicalidad en la superficie y que sin más remedio fue ahogada por mis propias lágrimas que tardaron más tiempo en secarse del que habría podido imaginar. Sin embargo, todas aquellas razones que me destruyeron y por las que nunca volví a sentir de cerca todo lo que había aprendido, todo aquello que me hizo pensar que jamás volvería a ser capaz de sentir la música sin recordar todos aquellos sentimientos encontrados, desaparecieron en el momento en que fui capaz de silenciarme entera para escuchar lo que estaba cantando. Y tardé en darme cuenta de que la misma música que hacía años había destrozado todo lo que era yo para mí, era la misma que me había devuelto el instinto necesario de volver a revivir cada canción que con cariño había guardado en mi carpeta verde, esa que nunca había sido capaz de tirar. Y ahora estoy renovada. Su música me hizo vibrar, me despertó para estar preparada y cuando llegue el momento lo sabré. Sabré que puedo aprender de nuevo, que puedo volver a empezar a vivir lo que de alguna manera, ya había vivido antes. Y tendré que darle las gracias. Darle las gracias por hacerme sentir, por creer en la música, por haberme devuelto a un mundo al que inconscientemente siempre había echado de menos.


5 nov. 2011

Noviembre

Hace frío. Las hojas amarillas, naranjas, marrones, granates de los árboles se vuelven locas por culpa del viento que llega cantando la misma canción del año pasado. Podría tararearla con los ojos cerrados ahora que no la escucho desde aquí. La ventana está cerrada y veo a los pájaros volar en el cielo blanco de algodón sin estrenar. Casi igual que el otoño. Puedo tocarlo desde aquí, puedo sentir cómo pesa el cielo de noviembre. Antes me gustaba. Ahora no. Odio noviembre porque me cuesta sobrevivir a él. Odio noviembre porque me recuerda lo que nunca quiero recordar y siempre recuerdo. Odio noviembre porque a pesar de todas las cosas maravillosas que tiene, ninguna es capaz de eclipsar de mi mente los recuerdos. Y poco a poco me voy acercando sin remedio. Al final de este este segundo, de este minuto, de esta hora, de hoy, de mañana. Al final de todo. Para que siempre venga otro noviembre de vuestros recuerdos. Tengo los ojos cerrados y las manos en el cristal inundado del vaho de mi boca. He hecho un corazón. Creo que va a empezar a llover. Pero no es el tiempo, no es el frío. Es este mes. Soy yo. 


25 oct. 2011

No sé nada

No sé si me gusta lo que pasa. Mientras pienso que he perdido el norte, siento que hay algo que sí puedo cambiar. No es cuestión de pensar más, lo sé, pero también sé que en realidad no sé qué me pasa. Se acercan momentos que, de nuevo, no sé cómo vivir. No me gustan estos aniversarios y es inevitable, me pongo en estado de no sentir, de no saber, de no oír. Y eso está fatal. Porque luego cuando quiero darme cuenta de lo que está pasado, no sólo he perdido el norte, sino que me he quedado sin brújula en un mundo que está a oscuras, sin nadie a quién confiar que aún no he encontrado el sitio dónde poder hablar en alto sin tener miedo. Gritar lo que sé que no soy y lo qué aún no sé si puedo ser sin ti.


16 oct. 2011

Saber

Necesito saber que estabas ahí cuando me fui sin despedirme. Ahí para mí, sin merecer siquiera ni una lágrima de las que no lloraste. Y si no dije adiós fue porque mis ojos reflejaban las últimas palabras que dijiste. Las que más daño me hicieron. Mi corazón seguía latiendo el orgullo que tenía guardado para las ocasiones especiales y lo gasté todo. Mas bien lo malgasté. Porque aunque la música de tus besos seguía resonando en mis oídos, los dos sabemos que nunca mereció la pena.


4 oct. 2011

Nietzsche

Cuanto más nos elevamos, 
más pequeños parecemos a los ojos 
de los que no saben volar.


23 sept. 2011

Otoño


Todos los años es igual. Después de un largo tiempo, un espacio sólo para ti y un verano entero, asimilas casi por sorpresa todo aquello que no comprendiste durante los meses anteriores. Sin ver, sin oír, sin atender al susurro de lo que jamás quisiste entender, abandonas la razón a la prisa del viento y se va. Sólo queda la emoción de quedarte sin memoria y vivir lo que cuando es, es. La realidad. Que sola en ti acierta a darte donde duele y sin tiempo de reacción para combates, sueñas con aquello que será mejor. Luego vuelves. Continuas el camino que empezaste y si bien aún tienes algo de realidad en ti, no sirve de nada. Porque se esfuma. Gota a gota evaporándose ante los secretos del fin de las esencias puras. Apenas semanas de luz que se gradúa con las horas en contacto con tu propio hacer. Y haces queriendo no parecer y pareces queriendo no hacer, pero como siempre, todo sale al contrario. Y cuando piensas que el control empieza a concentrarse en tu cabeza aparece ese rayo oscuro que no te deja oír por un momento. Pero los demás sentidos lo sienten, lo tocan, lo huelen, lo ven, lo saborean a la velocidad de la luz mientras millones de pequeños artefactos explotan a tu alrededor. Porque la sensibilidad global explotó con acciones separadas que independientes crearon la confusión allá dónde fueran. Y no entiendes nada. Ni querrás entender. Porque la agonía se hizo con sus días, temiendo cada segundo de su movimiento. Y cuando sólo quedaba pensar, pensó que no había nada más que hacer que esperar de nuevo. Dar la bienvenida al otoño azul que esperaba ante su puerta y acceder por cortesía a los meses que pasarían antes de que todo volviese a empezar. Un otoño al que esta vez, y muy a su pesar, no podía prometer nada. 

20 sept. 2011

Volar



Sonó la guitarra al entrar;
la verdad que se ha vuelto a acabar 
sin mirar desde lejos el mar. 
Azul y verde el reflejo 
de tus pasos que despertarán
el calor de lo nuestro al pasar.
Alquilando matices de un beso
que de nuevo esperando estará. 
Y bailándole al sol al compás 
de la música que nos juntará. 
Estrellas que sutiles vivirán 
hasta que muertas brillantes 
no tendrán más remedio que volar.


15 sept. 2011

Mundo

Suelen decir que no sabes en realidad quién eres hasta que encuentras tu lugar en el mundo. Pero el mundo es tan grande, que la abrumadora y cálida sensación de tener que buscar un tiempo y un espacio en el que encajes parece rematadamente imposible. En cambio, no lo es. No es imposible tener la maravillosa sensación de que hoy iba a ser un gran día. Y lo es. No es imposible andar por la calle y dejar, por una vez, que el viento te despeine cuando se apaga la música, porque eso, es lo de menos. Y caminar sin un rumbo definido hasta llegar al punto donde oyes las voces de quienes comparten su vida contigo. Es su tiempo. Sus dudas. Sus risas. Y aunque no hayas escuchado aún sus lágrimas caerse pesarosas sobre sus mejillas, sabes que, con ellos, es lo único que falta. Y entonces te llega. Cuando sentada oyes alrededor sus voces y te deja tonta la vibración sonora desigual de su presencia en ti. De que inevitablemente los necesitas. De que quieres tenerlos cerca, contigo, ahí justo donde están. A tu lado. Donde todos dan un dulce sentido al horror de madrugar por las mañanas y a desaparecer loca de fiesta en una noche tan larga e incluso tan oscura como el infinito. Pero merece la pena. Porque aunque no lo hayas buscado ni dentro de los cajones ni debajo de tu almohada, te surge la idea en lo más espontáneo de tu cabeza. Esas pequeñas palabras rosas que creíste no encontrar nunca. Ese sueño blanco sin estrenar que pensaste que no te pondrías nunca. Ese primer deseo pedido en la última tarta de tu cumpleaños. Esa gigantesca pompa de jabón que no pudiste explotar y que se perdió en el cielo. Ese regalo sin abrir tan difícil de encontrar y que encontraste por sorpresa en tu camino.Y no es más que lo que ellos, sin querer, queriendo, te han dado y que esperarás devolverles con millones de toneladas de abrazos, de esos que ahogan. Y sólo era una tontería, un lugar en el mundo.


2 sept. 2011

Loca

No digas que no. No hay nada como la débil tentación de sus labios. Como la suave textura de sus manos. O el olor de su colonia. No digas que no. No existe nada comparado con sus besos. Con su sonrisa, con sus ojos. No digas que no.Que te vuelve loca, que tienes ganas de verle, que te mueres por su piel. No digas que no, di que sí. 
Sí, he perdido la cabeza. 
Sí, no puedo vivir sin él.
Sí, lo he entendido. 
No diré que no. 



1 sept. 2011

Lluvias

A veces es muy muy fácil no pensar. Pero a la larga, es peor. Qué digo peor, es horrible. Porque todo aquello que no quisiste pensar antes, se acumula. Y la nube se va haciendo grande, grande y más grande. Y así pasa, que al final, llueve. Y no de cualquier manera. Llueve calándote los huesos hasta transpasarlos. Llueve mojándote el pelo, las manos, las sandalias. Llueve hasta que se hacen charcos inmensos a tu alrededor. Llueve y todo el maquillaje se corre a pesar de que en la etiqueta pone watterproof. Llueve y duele. Llueve y escuece. Llueve y quema. Y no sólo porque tienes que pensar qué cojones es lo que está pasando sino porque no entiendes nada. Y allí donde antes había una nube, ahora sale el sol y entonces te preguntas para qué. Por qué sale el sol. Por qué ahora. Por qué a mi. Y te conformas con saber que al menos el sol no te dolerá. Y te acostumbras. Te pones las gafas de sol y caminas. Caminas porque no puedes volar. Y te vas lejos. Lejos del mundo que no entiendes, que no te deja no pensar. Y acabas corriendo. Rápido, todo lo que puedes. Sin haber aprendido nada. Preocupándote de nada concreto, salvo en la nube que tarde o temprano tendrá que volver a descargar.


28 jul. 2011

Para ellos, que saben quienes son


Ella era una princesa dulce, dicharachera, musical. Alegre, joven, morena en muchos momentos de su vida, pelirroja en algún otro e incluso rubia en  recuerdos de alguna que otra foto. Divertida, inocente, risueña, cabezona, rebelde. Le gustaba más el azul que el rosa y no necesitaba hada madrina. Su carácter estaba lejos de atender a cánones establecidos,  y eso precisamente era lo que le daba un toque tan distinguido, que sólo algunas personas podían ver en ella la sensibilidad con la que sentía y la rapidez con la que podía entregarse a lo desconocido sin pedir nada a cambio.
Aprendía rápido y lejos de dejarse hundir, siempre salía a flote cada vez más fuerte. Porque era fuerte. La tenacidad y la dureza de sus palabras escondían un corazón tan, tan grande que sólo sería recompensa de algún caballero que de verdad la mereciese. Y hubo quienes lo intentaron, pero al final, nadie conseguía alcanzar el perfil del hombre de sus sueños. Aquel que consiguiera despertarla por completo y darle millones de colores a las noches frías. Aquel que fuese capaz de contar cada uno de sus lunares y hacerla tocar el algodón de las nubes con sólo mirar sus ojos.
Pero el destino poco a poco se dejó entrever en el cielo y en las estrellas. Y se cumplió. Apareció como si de casualidad se tratase un joven apuesto, singular, sin segundas intenciones. Alto, de naturaleza clara, humilde. Sencillo, prudente. Y se ganó su corazón. Entero; de arriba abajo y de derecha a izquierda. Pero no sólo el suyo. Paso a paso también se fue ganando el corazón de todos aquellos que rodeaban a la princesa y que esperaban que aquel chico la hiciera totalmente feliz. Y acertaron.
Porque él hacía lo que nadie antes había conseguido. Se podía apreciar cómo se iluminaban sus ojos al verle. Cómo la hacía de rabiar con sólo pronunciar una palabra y cómo su sonrisa se ensanchaba cuando se susurraban cosas al oído. Y pronto se convirtieron en inseparables. Las esencias de sus almas se entretejían despacio, muy lento, para acabar convirtiéndose en un alma sola que, a partir de entonces, crecería hacia el infinito como si de una persona sola se tratase.
Y aunque ahora quisiera contaros el final de la historia, no puedo hacerlo. Porque ahora que la princesa y el joven son una sola persona, un solo corazón, sólo ellos serán capaces de sobrevivir juntos al frío del invierno, al calor del verano, a las tormentas más sonoras e incluso a algún devastador huracán. Y sólo ellos podrán averiguar lo que el destino les tiene guardado porque ahora la tienen, ahora tenéis la llave que abre vuestro futuro, vuestra vida. Y con un poco de suerte, todos nosotros seremos testigos del  final feliz del cuento de la princesa y el apuesto joven.


20 jul. 2011

Como el agua

Me escondí durante un tiempo. Pero no desaparecí del todo. Porque, aunque en ocasiones quisiera volverme transparente, no es posible. O al menos, yo no he descubierto la forma de conseguirlo... Tendré que pensar más en ello, porque lo necesito. Necesito algo así como quedarme sola; para eso a lo que llaman pensar o reflexionar, me da lo mismo. El caso es que quiero silencio. Pero no de ese que es insoportable y casi duele, no. De ese que respira paz y tranquilidad de pensamientos. Música a mi alrededor que me haga comprender. Los veranos no son tan fáciles como parecen. A veces no me gusta, no me gusta estar tan cerca de mí. Porque soy complicada, nada fácil. Pienso mucho, demasiado. Y me canso de rodar como una noria sobre la letra de la misma canción. Piso demasiado lo que ya esta desgastado de pisar y me resbalo, me caigo. Y, claro, algo duele. Lejos está la metáfora de lo escrito. Más verdad hay aquí de lo que crees. Pero al fin y al cabo, quiero pensar que no es más que otra nebulosa y que así como vino se irá. Por lo pronto, sobrevivo, como todos, supongo. Aunque algunos mejor que otros. ¿Tú no sobrevives? Pues busca la manera porque será tu llave. No sé  de qué tesoro, la verdad. Pero algo grande porque, está claro que si uno sobrevive como puede, la vida no puede reprocharte nada ¿no? No sé si me estaré liando. En realidad, ya sólo me queda sonreír, aunque tú no me ves, pero lo estoy haciendo. Que el sol nos ilumine los días, y porque no, también las noches. 



14 jun. 2011

Desde los afectos

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno tiene que buscarlo y dárselo...
Que nadie establece normas, salvo la vida...
Que la vida sin ciertas normas pierde formas...
Que la forma no se pierde con abrirnos...
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente...
Que no está prohibido amar...
Que también se puede odiar...
Que el odio y el amor son afectos...
Que la agresión porque sí, hiere mucho...
Que las heridas se cierran...
Que las puertas no deben cerrarse...
Que la mayor puerta es el afecto...
Que los afectos, nos definen...
Que definirse no es remar contra la corriente...
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo, más se dibuja...
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio...
Que negar palabras, es abrir distancias...
Que encontrarse es muy hermoso...
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida...
Que la vida parte del sexo...
Que el por qué de los niños, tiene su por qué...
Que querer saber de alguien, no es sólo curiosidad...
Que saber todo de todos, es curiosidad mal sana...
Que nunca está de más agradecer...
Que autodeterminación no es hacer las cosas solo...
Que nadie quiere estar solo...
Que para no estar solo hay que dar...
Que para dar, debemos recibir antes...
Que para que nos den también hay que saber pedir...
Que saber pedir no es regalarse...
Que regalarse en definitiva no es quererse...
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos...
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo...
Que ayudar es poder alentar y apoyar...
Que adular no es apoyar...
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara...
Que las cosas cara a cara son honestas...
Que nadie es honesto porque no robe...
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo...
Que para sentir la vida hay que olvidarse que existe la muerte...
Que se puede estar muerto en vida..
Que se siente con el cuerpo y la mente...
Que con los oídos se escucha...
Que cuesta ser sensible y no herirse...
Que herirse no es desangrarse...
Que para no ser heridos levantamos muros...
Que sería mejor construir puentes...
Que sobre ellos se van a la otra orilla y nadie vuelve...
Que volver no implica retroceder...
Que retroceder también puede ser avanzar...
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol...
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida?





Mario Benedetti


Nada

Vacío. Palabras mudas, no dichas. Si acaso, pensadas pero desechas en el instante de abrir los ojos. Para ver mejor. Oír el sonido del silencio roto por los cristales. Y la boca destrozada. De dar, dar y hablar sin apenas recibir nada. Ni un solo respiro cerca. Ni un solo roce. Tan solo algún escalofrío que recorría todo el cuerpo después.Y cuando llegaba a sus manos, la energía en un suspiro, se apagaba en la oscuridad de la noche...


1 jun. 2011

Luz

Abandonada se creía. Y cuando se dio cuenta de que en realidad se había desinflado, ya era tarde. Ahora lo notaba pero no había sido consciente de todo lo que el destino podía arrastrar consigo. Siempre y sin excepciones. Y en algunos momentos, levantaba la cabeza y se imaginaba la velocidad a la que sus emociones podían caerle encima y se sentía mareada. Cerraba los ojos deprisa y apretaba fuerte sus párpados, como si la oscuridad doliera. Después de aprender todo lo que había aprendido, después de todo lo que la había costado,ya no había vuelta a atrás. Y aunque su cuerpo la pedía desintegrarse y perderse sin más, no podía. Y abría de nuevo los ojos y sus pupilas se encogían cuando la luz hábil apuntaba derecha a su corazón. La herida aún seguía ahí. Y sangraba sangre oscura. Como sus intenciones. Pero la daba totalmente igual. De hecho, su alma había llegado a un punto de tal equilibrio que ni siquiera se sobresaltaba cuando él se acercaba. Raro por naturaleza, extraño. Pegados. Unidos. Por almas, por sangre. Por sus intenciones.Todo oscuro, casi negro pero nunca gris. Porque el gris es triste y no estaban tristes. Estaban atados a su propia locura, a la desenfrenada agitación de sus manos palpitantes. A sus ganas de saltar, de bailar. De sobrevivir, sobrellevar. Mezclados en colores y aromas. Física y mente. Todo. Y la música blanca como la luna arrastraba miradas a su paso. Las barría envidiosas. Las arrimaba con un rastro de pasión púrpura reconocible con sólo echar un vistazo. Y qué suerte la suya. Que siendo ya uno solo, se perdieron en el mar. Y aunque quedaba constancia de su reflejo, ya no estaban allí. La arena fundió sus pies y dejaron de correr.  Las olas les mojaron el pelo y las ideas. Pero no pasaron frío. Porque allí,lejos del mundo, después de que la música se apagara, se fundiera, sólo podían delatarse por una cosa. La inmensa luz que ellos mismos irradiaban.



22 abr. 2011

Guerra

Ya era difícil sobrepasar tanto tiempo. Muchos días, demasiados sin saber qué fue de aquello que eclipsó en un momento el mundo de su alrededor. Las miradas de ambos. Cruzadas, entrelazadas, unidas en una simbiosis perfecta. Un instante. Un segundo de entendimiento mutuo. Sin explicaciones. Saber, sentir un querer que no podía, ni puede. Y morderse los labios de rabia por tener que callar y esconder lo que sus ojos vieron. Por entender que no es justo. Que esta vez sabía que se volvería a repetir. Pero era pronto. Y así como ayer hacía sol y hoy, un trueno anuncia casi el final del día, todo puede cambiar. Una semilla que crecería con la lluvia de la primavera. Y unos pensamientos que se habían anclado con sorpresa a la fuerte sensación de libertad que la rodeaba. Libertad aún, pero que poco a poco sucumbía a los encantos ocultos del recuerdo de un cuento parecido. El final estaba por llegar. Y mientras limpiaba los restos de dolor de sus armas de guerra, se convencía de que el rumbo del destino no estaba escrito en ningún lado. O por lo menos, ella no lo había visto reflejado en aquella mirada, en aquellos ojos que, inútilmente, intentaba borrar de su  memoria. 


27 mar. 2011

Amapola

Nadie sabe nunca cuándo le dirán algo que le cambie la vida. O que haga que le de vueltas todo. La débil importancia que se suele dar a lo que es tu mundo, a todo lo que te rodea, incluso lo que pisas con tu pies. Apenas los segundos que tardó en decirlo entero, en dejar crecer en ti un secreto de los que matan. De los que consumen. Día a día, hora a hora y segundo a segundo; atravesando piel y alma y penetrando en su mente vulnerable. La angustia de sentir que una vida puede estar yéndose calaba hondo. Despacio, muy muy lento, compitiendo con el ritmo que solía correr por sus venas. Exprimió su corazón, y qué corazón. Tan grande que sorprendida pude ver cómo las lágrimas caían por mis mejillas. La dureza de algo que se va, que se estropea como los pétalos de una amapola tan bonita como ella. Y sus hojas caducas se ennegrecían al ritmo de sus ojos verdes cuya esperanza agonizaba por momentos. El temor latía con fuerza entre sus finos dedos recorriendo los alrededores de su aura. Habría que pisar el miedo hasta verlo morir y convertirse en el polvo que se lleva el viento. Y cuando la música suene, sonreirá. Haciéndose cómplice de su propia vida, de sus propios recuerdos. Enseñando a los demás esa fuerza que tenía su corazón, uno de los corazones más grandes que el mundo había visto nunca. 


21 mar. 2011

Ese día llegó

Y se fue. Como el invierno que nos trae la primavera. Como el frío que huye con sólo rozar su piel. Como el tren perdido de los lunes. Como la noche que aguarda al más bello amanecer. Sin un aviso a tiempo. Casi sin un por qué. Se me va la voz y las razones. Se me van tus ojos. Me recorren los recuerdos y te vas. Te marchas. Sin un adiós. Sin lágrimas. Sin besos. 


17 mar. 2011

Cuestión de espacios

Y en ese momento la vi.
Pude ver la chispa que saltó, 
que vibró entre nosotros.
 La electricidad me recorría 
de arriba a abajo
mientras nuestros ojos sonreían.

Al mismo tiempo, nuestras bocas 
deseaban febrilmente 
acabar de golpe con el espacio 
que las separaba. 


14 mar. 2011

Días de agua



Cuando he bajado del autobús, la lluvia caía pesada sobre mi cabeza. Siempre había odiado que el agua me mojara el pelo. Y mientras buscaba la forma de maldecir al tiempo, me he acordado de ti. De cada uno de tus gestos cuando aquel día cruzamos corriendo el espacio que nos separaba del resto del mundo. ¿Te acuerdas? Estábamos empapados. No sólo del agua, que chorreaba por toda nuestra ropa, sino de tanto amor que ni siquiera recuerdo por qué en esa ocasión permití que mi pelo se mojara. En aquellos tiempos, era menos vulnerable. Lo que en ocasiones normales podía hacer que mi mundo se cayera, no era más que otra excusa barata para estar de nuevo entre tus brazos por aquel entonces. Porque todo es mucho mejor cuando tienes a alguien que pueda vivir contigo cada detalle que pasa por tus ojos, cada olor o cada tacto que sienten tus dedos. Y es que hoy, que llueve a mares, me acuerdo de cuando me dijiste que te gustaba ese olor a tierra mojada de los días lluviosos de otoño. Entonces he llegado a casa y en vez de entrar dentro, me he quedado fuera unos minutos. He dejado que el agua me calase, he permitido que dada gota que se filtraba por mi rostro llegara hasta el fondo de mi corazón. Y te he sentido cerca. Tan cerca que me he dado cuenta de que ya no te tengo. Entonces, he entrado a casa. Y de nuevo sola, me he obligado a recordar que no merecía la pena que el agua me mojara, porque, al fin y al cabo, dentro no había nadie dispuesto a secar cada una de las gotas de mi cuerpo mientras le contaba lo mucho que odiaba que la lluvia me mojara el pelo.

Rarezas

Una vez conocí a un chico que había decidido besar en todas partes menos en la boca. Como el que decide fumar sólo Camel en vez de Marlboro o no volver nunca a un sitio. Es raro lo del tiempo. Porque te hace acostumbrarte a las cosas, a los gestos, y al final, por mucho que pese, también te hace acostumbrarte a que la gente se vaya. Y parece que todo se te escapa de las manos. Si lo piensas, dan ganas de salir corriendo. Así es como funciona todo ¿no? Eres joven, hasta que no lo eres. Quieres, hasta que dejas de hacerlo. Lo intentas y lo intentas pero al final, te ríes hasta que lloras, lloras hasta que terminas riéndote a carcajadas, y mientras el mundo sigue girando.

Mar(:

13 mar. 2011

Cosas nuevas


Los días pasaban y su mente no podía despegarse del último recuerdo que la hizo sentir viva aquella semana. Porque justo después, algo inundó de forma permanente su alma, que lejos de vibrar a altas frecuencias, apenas se movía dentro de su corazón. Éste no estaba apagado del todo, sino que emitía leves latidos que permitían que sus sentidos no desconectaran por completo. No quería parar ni un segundo, no podía tener tiempo para reflexionar, porque entonces, la espontaneidad con la que aquel sentimiento estaba aflorando en su cuerpo se desvanecería para siempre. Era la necesidad que tenía por verle otra vez. Se había convertido en una especie de pequeña obsesión que tiraba de ella con esa fuerza que atrae desesperadamente a todo aquel que flota en el gran océano de la incertidumbre. Pero las dudas, tarde o temprano se irían. En realidad, más que irse, se transformarían en fuerzas diferentes. Y estas fuerzas no iban a hacer otra cosa que infundir valor a sus ojos, a sus manos y a su boca que, sin duda, acabaría fundiéndose lentamente con la de aquel chico que por el momento había robado ya mucho más que algunos de sus sueños.

11 mar. 2011

Pasos

Las ilusiones que últimamente había sentido todo su cuerpo se habían hecho pequeñitas ese día. Se habían encogido despacio, temerosas, ante la inmensa capacidad a la que su corazón parecía responder, y ahora, con miedo a dar cualquier paso en falso, se limitaban a meditar confusas ante la incertidumbre de su dueña. Ese día se había perdido. Y abandonada a la suerte en la que apenas confiaba, parecía deambular triste de nuevo. Se había sentido segura durante algún tiempo pero ahora se echaba hacia atrás y la aterrorizaba poder tropezar con ella misma. Pero no quería engañarse. Las cartas ya estaban sobre la mesa y sabía que tarde o temprano encontraría su as. El problema era que ella quería un as concreto, pero todo era cuestión de tiempo. Porque dentro de poco sus pasos serían sólo hacia delante y entonces no habría piedras con las que poder caerse. Sólo un obstáculo aparecía en el horizonte y ella, ya lo había reconocido. Tan sólo tenía miedo.


8 mar. 2011

Sintiendo

Y notar que la valentía se queda dentro de ti. Embeberse en sus palabras y sentir que no sientes nada. Que tu cuerpo no responde. Que sus ojos se funden con los tuyos. Y que las manos se os enredan sin miedo a nada. Sonrisas que esconden el deseo de las temibles dudas. Adivinar por qué te mira. Ni siquiera poder imaginar que algún día dejarás de verle. Porque los hechos suceden así. Condenar tu verde esperanza al destino. Intuir un primer paso. Avanzar sobre los nervios que se asoman a cada centímetro de tu piel. Y esperar y esperar. Esperar a que, por fin, un para siempre venga sólo y exclusivamente para ti.


7 mar. 2011

Barreras rotas

Había bastante gente pero no se sentía agobiada. Le gustaban las luces de colores de ese sitio. La música retumbaba fuertemente en sus oídos mientras dejaba que su ser y su cuerpo volasen sin prisa a otra dimensión. Bailaba al ritmo de la música y sus pies empezaban cansarse. Sin embargo, era incapaz de liberar su mente. Estaba anclada en mantener en su cabeza lo que podía significarlo todo o nada, y estaba pensando demasiado. Sabía que ese chico la atraía simplemente con mirarla pero ni siquiera se imaginaba cuánto. No la gustaba nada sentirse atada, pero las fuerzas que ponía para impedirlo se estaban quebrando. Las cuerdas que la unían a aquel viejo trato de jamás sentirse por alguien se estaban rompiendo una a una; y a su paso, levantaban viejas heridas de guerra que escocían a pesar de haber cicatrizado hacía ya bastante tiempo. Pasaron muchas horas en las que intentó olvidarse un momento de él, pero no lo consiguió. No pudo más y, ante la desesperación que puede sentir una antigua mente enamoradiza, se rindió más enfadada que sorprendida. Había pasado mucho tiempo en el que sus intentos de evitar sentir profundamente habían resistido miles de batallas, pero ahora había llegado la guerra final y se había rendido ante la suavidad de vivir en sus ojos la llama de la curiosidad de los ojos marrones de ese chico. Toda la noche pensando en él. Desde el minuto uno, hasta volver de nuevo a casa. Y ya tumbada en la cama no encontraba explicación alguna. En realidad, sólo se le ocurría una explicación posible, pero no tenía el valor suficiente como para expresarla en voz alta. No todavía. Ahora, lo estaba asimilando. Soñar con esos ojos ya no sorprendió a su corazón tanto como permitirse descubrir que por muy raro que pareciera, ya le echaba de menos.


2 mar. 2011

Límites


Imposible concentrarse. Ni en una cosa ni en otra. Ni en el blanco ni en el negro. Y lo intentaba por todos sus medios pero una parte de ella, ya se había rendido. Sabía que tenía muchas, prácticamente todas las posibilidades de quedarse sin lo que tanto deseaba y ante algo así, no había nada que pudiera hacer. Porque una vez más, el tiempo había decidido correr demasiado deprisa y determinar esos  hechos que sólo puedes entender cuando dejan de dolerte. El tiempo pasaba tan deprisa que se acababa. Se escurría hábilmente entre sus dedos que sólo deseaban acariciar su rostro sin dejarse ni un sólo milímetro, y llegaría el día en que no hubiera más minutos y entonces se iría. El tiempo nunca regresa, y él no sería menos. Esos eran los planes de su vida. Se marcharía. Para no volver, o al menos, no de la misma forma. Pero ella no quería verlo. No quería aceptar por qué cada vez que aparecía en su vida alguien que conseguía hacerla sentir que podía permitirse abrir su corazón, alguna fuerza se lo arrancaba de repente sin darla ni un segundo para reaccionar. Odiaba los límites del tiempo. No quería dejarse guiar por su instinto y aún así, iba a hacerlo. Porque sabía que había mucho que perder, pero no era nada comparado con lo que podía ganar. Porque de nuevo su alma era arrastrada por otra, y necesitaba complementarse con ella. Se sentía atraída por el encanto de sus ojos y su pelo castaño. Por su ropa y su forma de hablar. Por su olor. Todo él causaba una vorágine de sentimientos que recorrían sin rumbo fijo cada esquina de su cuerpo. Pero era complicado, el tiempo no corría a su favor y no quería ir deprisa. Se trataba de mucho más que un simple juego. Y como siempre, tenía que contar con el más terrible de sus miedos. El miedo a enamorarse.

27 feb. 2011

Y empezar de nuevo


- Lo siento - empezó a decirle -, siento haberte...

- Calla – lo interrumpió ella -. No existe el pasado. No hay nada que perdonar. Empecemos a vivir desde hoy. Mira – le dijo separándose y cogiéndole de una mano -, el mar. El mar no sabe nada del pasado. Ahí está. Nunca nos pedirá explicaciones. Las estrellas, la luna, ahí están, y siguen iluminándonos, brillan para nosotros. ¿Qué les importa a ellas lo que haya podido suceder? Nos acompañan y son felices por ello, ¿las ves brillar? Titilan en el cielo; ¿lo harían si les importara? Estamos solos tú y yo, sin pasado, sin recuerdos, sin culpas, sin nada que pueda interponerse entre nosotros.



La Catedral Del Mar.

24 feb. 2011

Sin sol



No es difícil que en un día bueno, en el que el sol simplemente ha corroborado tu sonrisa, aparezca algo que lo destruya por completo. Que lo aniquile. Que lo hunda en el infierno más profundo y que te haga llorar todas las  lágrimas de rabia que con tanto esfuerzo habías logrado contener durante semanas. Realmente avanzaba gracias a la confianza que depositaban en ella, pero si ésta se acababa, sentía que no había razón para seguir, aunque la realidad no era así. Tendría que seguir sola. Sin nadie. Como muchas veces había intentado. Lo haría por cuidarse a sí misma. Únicamente por ella. Y tenía que ser muy fuerte. Porque aunque generalmente aparentaba tenerlo todo bajo control no era más que un mecanismo de defensa para ocultar su miedo. Sus flaquezas. Su debilidad. Sentir de esa forma era un arma de doble filo, pero estaba aprendiendo a no dejarse llevar por las emociones, conllevara lo que conllevara. Pero esta vez sería la definitiva. Estaba segura. Y entonces podría demostrar de una vez por todas de lo que era capaz. Capaz de sobrevivir en las adversidades que habían tirado de ella hasta el fondo de lo que nadie parecía entender nunca. Y lo haría sola. Por muchas lágrimas que tuvieran que caer por sus mejillas.

23 feb. 2011

Ley


Ver no es creer.
Creer es ver.

Comienzos

Sólo aquella vez dudó de lo que su mente la decía. Y después de muchos esfuerzos, consiguió no hacerla caso. Escucho entonces a su corazón y apenas oyó pequeños golpes. Se concentró cerrando los ojos. Necesitaba saber qué tenía que hacer. Sobre qué tenía que dejarse llevar. No tendría que resultarle difícil, hacía tiempo solía escuchar sólo al corazón. Espero un poco más y empezó a sentir con más fuerza sus latidos, aletargados simbólicamente por el paso de los años. Interpretarlos fue fácil. Al fin y al cabo no podía engañarse. Aquel muchacho la había enganchado por completo con apenas un par de miradas y un único comentario que ni siquiera lograba recordar con exactitud. Lo que sí recordaba era su sonrisa. Tan alegre, sincera. Había despertado en ella algo que sólo recordaba vagamente. Podrían ser las ganas de continuar, de descubrir a fondo sus ojos marrones o de adivinar a cuántos centímetros quedarían sus caras la próxima vez que se vieran. Era increíble. Definitivamente, estaba ocurriendo de nuevo. Comenzaba otra vez la historia de siempre. Y los principios casi siempre son buenos, o al menos, memorables para recordarlos durante mucho mucho tiempo. 


21 feb. 2011

Mucho más de veintiún días

Ese viernes era carnaval. Se levantó tarde y ayudó a disfrazarse a su hermano, lo cual - definitivamente- no estaba entre sus planes del día. Después, casi sin tiempo, no la quedó más remedio que ponerse unos vaqueros viejos y una camiseta negra que se había comprado en Estambul, a pesar de que quería ponerse algo especial para llamar la atención de alguien que seguro, la miraría ese día. Se sentía feliz. Miró el reloj sin ver la hora, entró al baño y sin mirarse en el espejo, cogió una diadema blanca y se la puso a la vez que bajaba corriendo la escalera. Consiguió no llegar tarde, así que se apoyó en la valla de la puerta del colegio para ver los disfraces de los niños. La encantaba el carnaval. Sin embargo, ese día no sólo no se disfrazaba, sino que estaba muy nerviosa. Quedaba poco para el sábado, apenas algunas horas, y llevaba esperando ese día tanto tiempo que quería que todo fuese perfecto. Se cruzaron alguna mirada en clase, no muchas, pero siempre con la misma respuesta: el corazón a mil y una sonrisa boba que duraba largos e intensos minutos. El día pasó sin que nadie sospechara nada. No dejaba de ser un secreto, y eso la incomodaba lo suficiente para que una fuerte inseguridad la carcomiera lentamente, pero no quería echarse atrás. Ese mismo viernes cenó fuera de casa y después de intercambiar algunos mensajes por el móvil, él la pidió si podrían hablar por el ordenador más tarde. Eran las once y media y ya habían decidido lo que hacer. Habían cambiado los planes rápidamente. De un paseo por un largo parque a simplemente estar juntos en su casa.  No eran precisamente cosas parecidas, pero sabía que tenía que arriesgarse. Casi no pudo dormir. Pero la mañana llegó, como de costumbre, y se dispuso a arreglarse. Estaba todo preparado. Una camiseta azul marino, con un lazo en el escote, unos pantalones beige y unos zapatos que le habían regalado sus amigas, a juego con la camiseta. Por último decidió plancharse el pelo y ponerse las lentillas. Cogió el brillo de labios y lo guardó en el bolsillo del abrigo, sin decidir si ponerse o no. No tardó ni cinco minutos en llegar a su destino. Al poco tiempo de bajar del coche, le vio. Se dio unos instantes para mirarle desde lejos y cruzó la calle que les separaba. Le dio dos tímidos besos en las mejillas. Caminaron juntos hasta su portal, hablando de cosas banales, o por lo menos, intentándolo, porque en realidad ninguno sabía lo que decía. Le costó abrir la puerta, lo que la tranquilizó. Parecía que no era la única que estaba nerviosa. Pasaron dentro. Ella subió primero aunque no sabía qué piso era y cuando se giró decidida para preguntárselo en el rellano, no pudo. La cogió con fuerza del brazo y la atrajo hacía sí. El primer beso. Nervioso, apresurado, para liberar tensiones, pasional. Alguien les interrumpió y sin dar tiempo a pensar en ello, siguieron subiendo, esta vez, ella detrás. Esta vez no le costó abrir la puerta de su casa y entraron. Era un piso bonito, acogedor, previsible y no demasiado grande. Se quitó los zapatos para no dañar la madera del suelo y pasaron al salón. No perdieron el tiempo. Se lanzó a sus brazos sin pensárselo. Las manos de él acariciaban su cintura sin un ápice de timidez y ella le dejaba. De pronto, se vio sin camiseta, y el nerviosismo embargado, sin duda, de muchas cosas más que simple vergüenza dio paso a un deseo que no había logrado encontrar nunca antes. Bajo con delicadeza la cremallera de su sudadera y le quitó también su camiseta. Sonrió. Tocó sus brazos, que tanto le gustaban y le besó el cuello. Poco a poco avanzaron por el pasillo hasta dar con su habitación. Y si algo les quedaba por ceder, se rindieron de inmediato. Sus cuerpos parecían uno. Qué vínculo tan tremendo. Las horas pasaron veloces en lo que se sube y se baja del cielo más inmenso y ella se tenía que ir. Fue al baño, se vistió tranquilamente y apreció su cara en el espejo. ¿Es qué no iba a dejar de sonreír? Él la acompañó hasta abajo y estaba decidido a esperar hasta que la vinieran a buscar, pero ella le convenció de que se fuera. Sabía que tenía cosas que hacer y quería pensar a solas. Se despidieron dulcemente y le vio alejarse despacio, recordando inconscientemente el olor y el tacto de su pelo. Suspiró, intentó llamar pero sabía que no podría contar nada, así que guardó de nuevo el móvil en el bolsillo. Decidió andar hasta la casa de sus tíos que estaba cerca. Mientras avanzaba lentamente por las calles, su pensamiento se escapaba de la realidad. Genial no era la palabra que buscaba. Amor, tampoco. Eran muy amigos, pero algo se la escapaba. Pasó el resto del día como pudo. Por un lado se sentía más contenta que en mucho tiempo, pero por otro, sabía que a partir de entonces todo iba a ser distinto. Buscaba una palabra que definiera su encuentro. Pero no la encontró. Ni ese día, ni ningún otro. Pasó mucho tiempo y aunque casi siempre conseguía acercarse a una conclusión, ninguna lograba llenarla por completo. Quizá esos momentos no necesitaban catalogación ninguna, quizá sólo sucedieron para permanecer por siempre en un espacio y un tiempo anclados en la memoria para ser recordados en aniversarios de nostalgia. Nadie parecía saberlo. Al final, ella se abandonó. Desistió a buscar palabras que definieran situaciones que la hicieran sentir tanto en tan poco. Porque había pasado mucho tiempo. Dos largos años, difíciles y que la recordaban sin descanso lo que uno quiere tras haberlo perdido. Y mucho se temía que lo iba a recordar siempre. Eres todo lo que nunca supe que siempre quise. Esa era una de sus frases favoritas, que, al contrario del resto de su mundo, no se veía ni se vería afectada nunca por el tiempo.



Días ¿grises?

Que paren el mundo que yo, 
me bajo.


19 feb. 2011

Caramelo

El color pardo de sus ojos se volvió verde esmeralda cuando la luz directa del sol calentó sus pupilas. El aire agitaba su rebelde pelo castaño, haciéndole perder la paciencia por un momento. Bajó la cremallera de su chaqueta de cuero negro y la dejó sobre el banco de madera, que se había convertido, apenas sin quererlo, en uno de los sitios favoritos de los dos. Saboreaba lentamente un caramelo de fresa ácida, de aquellos que tanto le gustaban. Lo había encontrado escondido en su bolsillo y estaba haciendo que su boca se volviera de un color rojo cada vez más intenso, lo que hacía que fuera, si cabe, aún más irresistible. Las miradas entre los dos fluían nerviosas, con miedo a ser descubiertas por los corazones de ambos, que latían irremediablemente desbocados.   Él se sentó a su lado mientras sus piernas se rozaron un momento. Hablaban de cómo pasarían sus vacaciones de verano y se reían, sin atisbar las nerviosas manos de ella, que se morían de ganas por arrastrar el pequeño trozo de caramelo que se había quedado pegado en las comisuras de los labios de él. Se miraron en un instante, que rebasó los límites del querer y no poder; y de pronto, lo supieron. Mientras el refulgente sol parecía derretir sus deseos en algo más que simple azúcar, el aire arrastró a la nada los pocos pensamientos y las dudas que les quedaban. Sus labios se rozaron. Y así,   en la primavera del parque que vio cómo su amor crecía más allá de los términos prepuestos, se fundieron en un beso, su primer beso. Ansiado, intenso, atrevido, apasionado, brillante; y que resultó ser mucho, mucho más dulce que cualquier caramelo del mundo.