1 sept. 2011

Lluvias

A veces es muy muy fácil no pensar. Pero a la larga, es peor. Qué digo peor, es horrible. Porque todo aquello que no quisiste pensar antes, se acumula. Y la nube se va haciendo grande, grande y más grande. Y así pasa, que al final, llueve. Y no de cualquier manera. Llueve calándote los huesos hasta transpasarlos. Llueve mojándote el pelo, las manos, las sandalias. Llueve hasta que se hacen charcos inmensos a tu alrededor. Llueve y todo el maquillaje se corre a pesar de que en la etiqueta pone watterproof. Llueve y duele. Llueve y escuece. Llueve y quema. Y no sólo porque tienes que pensar qué cojones es lo que está pasando sino porque no entiendes nada. Y allí donde antes había una nube, ahora sale el sol y entonces te preguntas para qué. Por qué sale el sol. Por qué ahora. Por qué a mi. Y te conformas con saber que al menos el sol no te dolerá. Y te acostumbras. Te pones las gafas de sol y caminas. Caminas porque no puedes volar. Y te vas lejos. Lejos del mundo que no entiendes, que no te deja no pensar. Y acabas corriendo. Rápido, todo lo que puedes. Sin haber aprendido nada. Preocupándote de nada concreto, salvo en la nube que tarde o temprano tendrá que volver a descargar.


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