22 jun. 2014

Del cajón en el que me escondí


Cuando volví a dedicar mi cansada mente en lo que en realidad me rodeaba, me sentí soprendentemente escondida en un cajón pequeño del que seguro no quería salir. Apenas entraba luz. Y lo que yo pensaba luminosidad clara no era más que un calor apagado artificial que irradiaba débil hacia mí desde los que estaban fuera de mi alcance. Apenas tenía sitio suficiente para estirar las piernas, apenas para pararme a respirar el aire condensado y preguntarme en voz bajita cómo había llegado hasta allí. Los cajones más grandes se habían ido cerrando con estrepitoso estruendo. Unos por amores correspondidos que se quedaban sin tiempo para poder asomarse a averiguar si los demás estaban llenos o vacíos. Otros por cambios de opiniones que, en contra de todo pronóstico, habían cambiado de mueble en el que estar. Otros por egoísmo humano, estrella indispensable que nunca falta a cualquier fiesta de recuerdos. Y algunos llenos de incertidumbres y dudas enmascaradas en mentiras que, irreconocibles a primera vista, no supe reconocer cuando me asomé a ellos. En cualquier caso, me había quedado sin hueco en el que compartir espacio. La madera oscura y agobiante se cernía sobre mí y se convirtió, como cuando no confío en mí misma, en compañera fría de caminos que absorbía con violencia todo lo que se desprendía de mí según me llegaban lentamente las ondas de sintonización cambiante que veía en el exterior. Como una radío anticuada y vieja de la que solo se escuchan ruidos incoherentes. No me había planteado salir de donde estaba. Ni siquiera pensé en cambiar de posición. Como en todos los refugios habidos y por haber, la comodidad de ser invisible me impedía darme cuenta de que, como cada vez que me tornaba transparente, todos los problemas se estaban escondiendo en mí sin más camino que las mentiras que yo acabara contándome a mí misma. Con tal oscura precisión que yo me lo creería de nuevo y ya no habría vuelta atrás. Otra vez. Si tuviera cerradura podría anclarme al tiempo para que pasase sin mí. Pero no hay, y el olor que siento a humedad y polvo viejo no viene si no de aquellos vagos recuerdos que saben, sin duda, hacerme daño. Lo único que puedo hacer ahora es cerrar el cajón y confiar en que nadie procure asomarse. ¿Para qué? Sólo encontrarían la desesperación que existe en quien quiere gastar el último cartucho de una pistola que no sabes seguro si llegaron a cargar alguna vez.