26 ene. 2014

Negro sobre blanco


Si yo te contara qué está pasando dudarías de todo y de nada. Sobre si me conoces realmente, sobre si sabes quién soy o cómo soy. Cómo gasto el tiempo, cómo hablo. O si la forma de esconderme ha variado desde la última vez que decidí irme para no volver. Pero fue mentira. Volví. Una y dos veces más. Hacia el enganche que no sabe por donde cogerme. Hacia esa laguna extensa que no tiene fin porque no existe. Me estoy escapando. Contengo la respiración a la espera de saber qué es lo que ocurre o si en realidad ni siquiera merezco saber la explicación. Todo da vueltas. Giramos. A veces intuyo que es negro y otras que es blanco. A veces soy yo, otras veces tú. Pero casi nunca acierto cuándo es cada uno. Siempre voy tarde. Abro los ojos y el agua me inunda. Pero ya no lloro. Es como ser ciega ante lo que te limita. Es como fallar en el tiempo de prueba cuando nadie mira y sólo sabes que se agotan los segundos. Uno, dos, tres. Cuento despacio. La realidad me llama. Grita mi nombre. En las personas, en las cosas que hago y en ti. Ven y escucha lo que tengo que contarte. Siéntate conmigo. O da igual, no vengas. Ya no importa. Mentiré de nuevo, se me da bien, y al final serás tú quien se marche. Y ya no volverás. Nunca, lo presiento. Será negro entonces, y no estaré equivocada. 
Y será el fin. Aunque yo no lo quiera.