19 feb. 2011

Caramelo

El color pardo de sus ojos se volvió verde esmeralda cuando la luz directa del sol calentó sus pupilas. El aire agitaba su rebelde pelo castaño, haciéndole perder la paciencia por un momento. Bajó la cremallera de su chaqueta de cuero negro y la dejó sobre el banco de madera, que se había convertido, apenas sin quererlo, en uno de los sitios favoritos de los dos. Saboreaba lentamente un caramelo de fresa ácida, de aquellos que tanto le gustaban. Lo había encontrado escondido en su bolsillo y estaba haciendo que su boca se volviera de un color rojo cada vez más intenso, lo que hacía que fuera, si cabe, aún más irresistible. Las miradas entre los dos fluían nerviosas, con miedo a ser descubiertas por los corazones de ambos, que latían irremediablemente desbocados.   Él se sentó a su lado mientras sus piernas se rozaron un momento. Hablaban de cómo pasarían sus vacaciones de verano y se reían, sin atisbar las nerviosas manos de ella, que se morían de ganas por arrastrar el pequeño trozo de caramelo que se había quedado pegado en las comisuras de los labios de él. Se miraron en un instante, que rebasó los límites del querer y no poder; y de pronto, lo supieron. Mientras el refulgente sol parecía derretir sus deseos en algo más que simple azúcar, el aire arrastró a la nada los pocos pensamientos y las dudas que les quedaban. Sus labios se rozaron. Y así,   en la primavera del parque que vio cómo su amor crecía más allá de los términos prepuestos, se fundieron en un beso, su primer beso. Ansiado, intenso, atrevido, apasionado, brillante; y que resultó ser mucho, mucho más dulce que cualquier caramelo del mundo.





Secretos

- ¿Qué me pasa, tía? Sonreír como una tonta cuando me mira. Mirar sus labios cuando habla. Sus ojos cuando se ríe. Oler su bufanda. Acariciar el cuero de su chaqueta. Caminar bajo su paraguas. Sentir su corazón. Transformar nombres... ¡Me estoy volviendo loca! Puff, no me mires así...

- ¡Sólo me estoy riendo!, mmmm ¿asustada?

- Aterrorizada, petrificada, pasmada, estupidizada por él !!




15 feb. 2011

Pum

Pum. De repente sus ojos se apagaron. El matiz verdoso que caracterizaba su alegría se había transformado en humo invisible y ahora sus ojos marrones vulgares se reflejaban en el espejo sin saber muy bien lo que querían decir. La última mentira había acabado con ella definitivamente y ya no había nada. Ni en qué o quién confiar. Su corazón se había encogido y el vacío de su cuerpo se extendía más allá de los límites de cualquier emoción que pudiera registrar su piel. Ni siquiera quería pensar en ello. Sintió cómo se venía abajo. No pudo disimular y salió de casa. Al torcer la esquina se puso a correr. El contacto directo del frío quemaba sus labios. Aún así, no encontró comparación con lo que sentía su alma. Dolía demasiado. Se sentó en un banco de piedra cuando empezó a llover. Las finas gotas de agua se deslizaban sobre sus brazos; sobre su cara, mezclándose con las lágrimas negras que se desteñían del rímel de sus ojos. No la gustaba llorar. Lo odiaba. Pero ya ni siquiera tenía fuerzas para eso. Repentinamente una mano ajena la golpeó el hombro suavemente. Y mientras levantaba la cabeza, un chico se sentó a su lado. Se miraron y se conocieron sin decir nada. Magia. Y ella sintió que tenía que hacerlo. Se explayó como a veces sólo puede hacerse con un desconocido. No pidió apoyo. Ni abrazos. Sólo que la escuchara. Que la permitiera llorar sin límites, como nunca había hecho. Y cuando terminó se sintió mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Paró de llover y las manos de él se alzaron para recoger con cuidado las últimas lágrimas negras que caían por su rostro, mientras la luz de las estrellas acababa secándolas en las yemas de sus dedos.


14 feb. 2011

Se va



Quiero ver que te vas, y no que huyes

NB. Un beso y una flor

De día viviré pensando en su sonrisa.
De noche las estrellas me acompañaran.
Seras como una luz que alumbre mi camino.
Me voy pero te juro que mañana volveré.


13 feb. 2011

Intuición


A pesar de que el sueño rondaba por todas las partes de su cuerpo, continuaba leyendo. Por lo menos hasta las doce. O quizá algo más. Tenía que aguantar. Sabía que merecería la pena, a pesar de que sus finos párpados se negaban a resistir abiertos un segundo más. El libro que tenía entre sus manos era interesante, aunque no tanto cómo dejarse llevar por el pensamiento que, guiado a través del recuerdo de su sonrisa perfecta, contagiaba otra sonrisa, tonta de alegría, en sus propios labios. No sé que me pasa - pensaba. Miró el reloj de la pared, que parecía parado por el propio tiempo. Las doce y cuarto. Lo comprobó con el de su móvil y se decidió, por fin. Un mensaje corto, dividido absurdamente en dos por sus pequeñas manos torpes y nerviosas pero cargado en lo más hondo de contrariedades que ni siquiera sabía que existiesen. Enviado. Aguantó algún segundo más el móvil entre sus manos y lo puso a cargar, decidiendo no volver a mirarlo hasta la mañana siguiente. Pasó toda la mañana y la comida. Ninguna respuesta. Toda la tarde y nada. Sabía que en el pueblo no había mucha cobertura pero no podía resistir mirar cada dos por tres. Incluso cambió el fondo de pantalla varias veces hasta que prácticamente se dio por vencida. De camino a casa iba escuchando música negándose a sentirse triste. Escuchó la letra atentamente fundiéndose con el ruido de la carretera y dejando a un lado sus preocupaciones. Cerró los ojos y se permitió sonreír sin pensar en nada más que las ligeras gotas de lluvia que oía débilmente caer en el cristal. Cuando llegó a casa era tarde. Cogió unas fresas y las lavó con cuidado, partiéndolas en trocitos. Las echó en un tazón y añadió leche, observando cómo el conjunto se teñía  despacio de rosa pastel. De repente, un sonido a destiempo que sólo apreciaron sus oídos salió del bolsillo de su chaqueta gris, colgada tras la puerta. Y una corazonada. Limpia, certera, inequívoca, dulce, como las fresas. Sabía que esta vez no se equivocaba. Se levantó y miró el móvil. Era él. Qué simple resultó ser lo que llevaba todo el día esperando. Pero daba igual. Se daba por satisfecha, estaba feliz. Porque su intuición, que llevaba mucho tiempo aletargada, la decía que aquello iba a salir bien, que sería una gran historia. Sabía que podía ser en cierto modo duro para ella, pero eso no la importaba. Su vida había cambiado tanto en tantas cosas que las pocas ideas claras que tenía en su mente se habían venido abajo. Sólo una nueva actitud parecía nacer de nuevo, y era suficiente. Para bien o para mal, iba a arriesgarse.