15 feb. 2011

Pum

Pum. De repente sus ojos se apagaron. El matiz verdoso que caracterizaba su alegría se había transformado en humo invisible y ahora sus ojos marrones vulgares se reflejaban en el espejo sin saber muy bien lo que querían decir. La última mentira había acabado con ella definitivamente y ya no había nada. Ni en qué o quién confiar. Su corazón se había encogido y el vacío de su cuerpo se extendía más allá de los límites de cualquier emoción que pudiera registrar su piel. Ni siquiera quería pensar en ello. Sintió cómo se venía abajo. No pudo disimular y salió de casa. Al torcer la esquina se puso a correr. El contacto directo del frío quemaba sus labios. Aún así, no encontró comparación con lo que sentía su alma. Dolía demasiado. Se sentó en un banco de piedra cuando empezó a llover. Las finas gotas de agua se deslizaban sobre sus brazos; sobre su cara, mezclándose con las lágrimas negras que se desteñían del rímel de sus ojos. No la gustaba llorar. Lo odiaba. Pero ya ni siquiera tenía fuerzas para eso. Repentinamente una mano ajena la golpeó el hombro suavemente. Y mientras levantaba la cabeza, un chico se sentó a su lado. Se miraron y se conocieron sin decir nada. Magia. Y ella sintió que tenía que hacerlo. Se explayó como a veces sólo puede hacerse con un desconocido. No pidió apoyo. Ni abrazos. Sólo que la escuchara. Que la permitiera llorar sin límites, como nunca había hecho. Y cuando terminó se sintió mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Paró de llover y las manos de él se alzaron para recoger con cuidado las últimas lágrimas negras que caían por su rostro, mientras la luz de las estrellas acababa secándolas en las yemas de sus dedos.


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