19 feb. 2011

Caramelo

El color pardo de sus ojos se volvió verde esmeralda cuando la luz directa del sol calentó sus pupilas. El aire agitaba su rebelde pelo castaño, haciéndole perder la paciencia por un momento. Bajó la cremallera de su chaqueta de cuero negro y la dejó sobre el banco de madera, que se había convertido, apenas sin quererlo, en uno de los sitios favoritos de los dos. Saboreaba lentamente un caramelo de fresa ácida, de aquellos que tanto le gustaban. Lo había encontrado escondido en su bolsillo y estaba haciendo que su boca se volviera de un color rojo cada vez más intenso, lo que hacía que fuera, si cabe, aún más irresistible. Las miradas entre los dos fluían nerviosas, con miedo a ser descubiertas por los corazones de ambos, que latían irremediablemente desbocados.   Él se sentó a su lado mientras sus piernas se rozaron un momento. Hablaban de cómo pasarían sus vacaciones de verano y se reían, sin atisbar las nerviosas manos de ella, que se morían de ganas por arrastrar el pequeño trozo de caramelo que se había quedado pegado en las comisuras de los labios de él. Se miraron en un instante, que rebasó los límites del querer y no poder; y de pronto, lo supieron. Mientras el refulgente sol parecía derretir sus deseos en algo más que simple azúcar, el aire arrastró a la nada los pocos pensamientos y las dudas que les quedaban. Sus labios se rozaron. Y así,   en la primavera del parque que vio cómo su amor crecía más allá de los términos prepuestos, se fundieron en un beso, su primer beso. Ansiado, intenso, atrevido, apasionado, brillante; y que resultó ser mucho, mucho más dulce que cualquier caramelo del mundo.





1 comentario:

Bi dijo...

Precioso :)
Me encanta cómo escribes.
Espero con impaciencia la próxima entrada.
Besos.