8 may. 2014

Cuando escribíamos

Una vez alguien me dijo que le gustaba mi letra cuando escribía despacio. Que era pequeña, redonda y ajustada siempre al margen. Después me miraba y sonreía. Y yo, por extensión, también. Cuando escribía deprisa no le gustaba. Decía que para letras rápidas le gustaba más la suya propia. Qué sabría él. A mí su letra me encantaba, aunque siempre le decía que no. Pero yo sé que no se lo creía. Su letra era estrecha y alta, muy junta y compacta, como si quisiera dar a entender que había más escrito de lo que realmente había, cosa que no interpreté correctamente hasta que no nos vimos caer sin remedio en la única guerra fría que al final, me tocó vivir. Todas sus letras medían lo mismo. Parecía hecha a propósito su linealidad. Siempre tan terco y tan maravillosamente preciso. Dicen que la escritura de uno refleja cómo somos. Quizá sea cierto, quién sabe. Ya no me paro a pensarlo. Solo cierro los ojos, veo su letra y le veo a él. Y es jodidamente enfermizo. No hay ni siquiera excusas. Qué no daría yo por ver su letra una vez más, y si es por pedir, ver sus ojos cuando me miraba por aquel entonces. Él tan hielo y yo tan fuego sin saber a dónde ir.