10 sept. 2014

Aires difíciles

El viento se llevó las hojas sueltas que habían caído en la última estación. Algunas llevaban en el suelo más tiempo del que a nadie le gusta verlas a su paso. Otras se habían soltado del fino hilo que las mantenía unidas al tronco de una manera imperceptible y habían caído, finalmente, por falta de coherencia o cohesión, ya no me acuerdo. Había otras que se resistían temblorosas al vaivén del aire con una fuerza sutil que parecía permanecer de manera perenne. Sin embargo, a mí las que más me gustaban eran las que permanecían unidas con fuerza. Las que sin pretenderlo formaban parte de un único tándem, no perfecto, pero sí armónico. En confianza, en simbiosis. Esas hojas se parecían. Su movimiento era uno solo, al compás de músicas distintas, pero con el mismo ritmo, la misma base, el mismo hilo conductor. Eran distintas versiones de un mismo carácter, de un mismo conjunto. Habían sobrevivido. Habían permanecido en el tiempo logrando pasar por épocas difíciles. Por agua, por otros vientos, por fuego. La idea de su destrucción se hacía impensable. Y aunque nadie sabía si acabarían cayendo, solo un necio diría que no estaban  hechas para soportar mil y un vientos juntas.




22 jun. 2014

Del cajón en el que me escondí


Cuando volví a dedicar mi cansada mente en lo que en realidad me rodeaba, me sentí soprendentemente escondida en un cajón pequeño del que seguro no quería salir. Apenas entraba luz. Y lo que yo pensaba luminosidad clara no era más que un calor apagado artificial que irradiaba débil hacia mí desde los que estaban fuera de mi alcance. Apenas tenía sitio suficiente para estirar las piernas, apenas para pararme a respirar el aire condensado y preguntarme en voz bajita cómo había llegado hasta allí. Los cajones más grandes se habían ido cerrando con estrepitoso estruendo. Unos por amores correspondidos que se quedaban sin tiempo para poder asomarse a averiguar si los demás estaban llenos o vacíos. Otros por cambios de opiniones que, en contra de todo pronóstico, habían cambiado de mueble en el que estar. Otros por egoísmo humano, estrella indispensable que nunca falta a cualquier fiesta de recuerdos. Y algunos llenos de incertidumbres y dudas enmascaradas en mentiras que, irreconocibles a primera vista, no supe reconocer cuando me asomé a ellos. En cualquier caso, me había quedado sin hueco en el que compartir espacio. La madera oscura y agobiante se cernía sobre mí y se convirtió, como cuando no confío en mí misma, en compañera fría de caminos que absorbía con violencia todo lo que se desprendía de mí según me llegaban lentamente las ondas de sintonización cambiante que veía en el exterior. Como una radío anticuada y vieja de la que solo se escuchan ruidos incoherentes. No me había planteado salir de donde estaba. Ni siquiera pensé en cambiar de posición. Como en todos los refugios habidos y por haber, la comodidad de ser invisible me impedía darme cuenta de que, como cada vez que me tornaba transparente, todos los problemas se estaban escondiendo en mí sin más camino que las mentiras que yo acabara contándome a mí misma. Con tal oscura precisión que yo me lo creería de nuevo y ya no habría vuelta atrás. Otra vez. Si tuviera cerradura podría anclarme al tiempo para que pasase sin mí. Pero no hay, y el olor que siento a humedad y polvo viejo no viene si no de aquellos vagos recuerdos que saben, sin duda, hacerme daño. Lo único que puedo hacer ahora es cerrar el cajón y confiar en que nadie procure asomarse. ¿Para qué? Sólo encontrarían la desesperación que existe en quien quiere gastar el último cartucho de una pistola que no sabes seguro si llegaron a cargar alguna vez. 

8 may. 2014

Cuando escribíamos

Una vez alguien me dijo que le gustaba mi letra cuando escribía despacio. Que era pequeña, redonda y ajustada siempre al margen. Después me miraba y sonreía. Y yo, por extensión, también. Cuando escribía deprisa no le gustaba. Decía que para letras rápidas le gustaba más la suya propia. Qué sabría él. A mí su letra me encantaba, aunque siempre le decía que no. Pero yo sé que no se lo creía. Su letra era estrecha y alta, muy junta y compacta, como si quisiera dar a entender que había más escrito de lo que realmente había, cosa que no interpreté correctamente hasta que no nos vimos caer sin remedio en la única guerra fría que al final, me tocó vivir. Todas sus letras medían lo mismo. Parecía hecha a propósito su linealidad. Siempre tan terco y tan maravillosamente preciso. Dicen que la escritura de uno refleja cómo somos. Quizá sea cierto, quién sabe. Ya no me paro a pensarlo. Solo cierro los ojos, veo su letra y le veo a él. Y es jodidamente enfermizo. No hay ni siquiera excusas. Qué no daría yo por ver su letra una vez más, y si es por pedir, ver sus ojos cuando me miraba por aquel entonces. Él tan hielo y yo tan fuego sin saber a dónde ir.





8 abr. 2014

Storm

Una tormenta que aguardaba silenciosa hasta que decidió descargar. En un momento seguro impreciso, inoportuno y casi incoherente. Nunca se necesita una tormenta. No a placer. O sólo cuando ya está todo tan oscuro y negro que es la única solución para empezar de nuevo. Para renacer en otro sitio, a otra hora, con otros pensamientos. A veces incluso con otras personas. Pero nunca se sabe qué hay detrás de una tormenta. Puedes estar arriesgándote a un cambio inesperado que te deje k.o. Pueden invertirse los papeles y, de repente, tener sólo preguntas sin respuesta. O puede mojarse sólo tu ropa y resultar todo lo demás inamovible. Nunca se sabe. En cualquier caso, las tormentas vienen y van porque todo es cíclico. Y el agua, al fin y al cabo, volverá a su cauce.


26 ene. 2014

Negro sobre blanco


Si yo te contara qué está pasando dudarías de todo y de nada. Sobre si me conoces realmente, sobre si sabes quién soy o cómo soy. Cómo gasto el tiempo, cómo hablo. O si la forma de esconderme ha variado desde la última vez que decidí irme para no volver. Pero fue mentira. Volví. Una y dos veces más. Hacia el enganche que no sabe por donde cogerme. Hacia esa laguna extensa que no tiene fin porque no existe. Me estoy escapando. Contengo la respiración a la espera de saber qué es lo que ocurre o si en realidad ni siquiera merezco saber la explicación. Todo da vueltas. Giramos. A veces intuyo que es negro y otras que es blanco. A veces soy yo, otras veces tú. Pero casi nunca acierto cuándo es cada uno. Siempre voy tarde. Abro los ojos y el agua me inunda. Pero ya no lloro. Es como ser ciega ante lo que te limita. Es como fallar en el tiempo de prueba cuando nadie mira y sólo sabes que se agotan los segundos. Uno, dos, tres. Cuento despacio. La realidad me llama. Grita mi nombre. En las personas, en las cosas que hago y en ti. Ven y escucha lo que tengo que contarte. Siéntate conmigo. O da igual, no vengas. Ya no importa. Mentiré de nuevo, se me da bien, y al final serás tú quien se marche. Y ya no volverás. Nunca, lo presiento. Será negro entonces, y no estaré equivocada. 
Y será el fin. Aunque yo no lo quiera.

22 ene. 2014

Familia

Dicen que son los detalles los que marcan en ti esa huella que hace que te sientas de una manera u otra. Pueden hacer que te sientas triste o solo. O feliz y eufórico. O simplemente afortunado. Agradecido. Y dicen también que uno, al final, solo puede contar con su familia. Que es el único pilar que permanecerá fiel en tu vida cuando necesites ayuda o un empujoncito para respirar. Y es bien cierto. Pero quizá no había caído antes en que familia puede convertirse en familias cuando comprendes el significado de la amistad. Personas que llegan a tu vida por las razones que sean. Porque pasas con ellas más horas en el transporte público que en tu casa, porque compartes con ellas tu profesión o tu manera de ver la vida. O porque sin necesidad de atropellarse, llegas a un equilibrio en el que sientes que tienes un lugar en el mundo. No importa como seas. Escuchan siempre con atención tus más y tus menos. 
Y, precisamente, te quieren por eso.

12 ene. 2014

Fantasmas

Igual, cansada de los principios que están establecidos en este mundo, tomé la decisión equivocada en el momento oportuno para haber tomado la decisión correcta. Igual no debí haberme movido de donde estaba y permanecer quieta observando todas esas cosas que por el momento eran desconocidas para mí. O igual debí haberme callado o haber mentido, dadas las consecuencias que gané siendo lo sincera que trato de ser siempre. Pero en cualquier caso, y demostrando que el ser humano cae más de una vez en la misma piedra, no supe ver lo que debí haber visto y me caí. Pero bien se sabe que de nada valen las lamentaciones y, ahora, que cualquier roce me llena de recuerdos que apenas puedo soportar, es imposible no hacer balance y saber ver que allí donde estés, no estás conmigo. Y que no puedes saber que te pienso y que te extraño y que me moriría por contarte que, quizá ahora, no me hubiera equivocado. Que quizá no tendría ninguna duda acerca de qué decirte o cómo mirarte. Y mira que de verdad sólo me bastaría con eso. Con mirarte sin decir nada. A lo mejor hasta podrías saber lo que pienso, como hacías antes. Sin necesidad de abrir la boca. Cuando podías responder por mí porque eras la otra parte de mi yo. Pero ninguno sabía que desapareceríamos lentamente sin dejar huella y que, como fantasmas, me perseguirías ahora más que nunca, y con pavor diría que siempre. Cuando trato de analizar todo lo que me enseñaste y todo de lo que me tuve que curar de ti. Y aunque parece que tengo las lecciones aprendidas, no desaparece el miedo. El miedo a que no vuelva a aparecer nadie como tú y nunca más tenga la sensación de que vuelvo a estar completa.