21 nov. 2011

Tan cerca

No tenía suerte. Era algo que había conseguido asimilar con el tiempo, algo que llevaba impregnado y grabado en la piel desde que día tras día, el tiempo la destrozaba continuamente sin ni siquiera dejarle espacio para reaccionar. Y tan cabezona como era consiguió vivir sin ella. Consiguió estar en el mundo sin esa suerte que de vez en cuando ayudaba a otros, sin contar nunca con que un pequeño rayito de sol la empujara hacia lo que más quería o deseara. Y se mantenía siempre alerta, en sobreaviso para no dejarse ganar, para no caerse una vez más ante el miedo que ya tanto conocía. Pero a veces, cuando por pura casualidad algo la sorprendía, algo la asaltaba y la maravillaba, se abandonaba sin resistir a descubrir aquéllo que visto por sus ojos y escuchado por sus oídos había conseguido desmoronar esa fuerte barrera que mantenía ante todo. Y en el camino de su propio descubrimiento, de su crecer hacia lo desconocido, de su decisión a arriesgarse, de pronto, el suelo empezaba a tambalearse, a romperse en grietas por las que ella no estaba acostumbrada a caminar. Y es que todo no era tan fácil como parecía. Justo cuando comenzaba a pensar en la posibilidad de que aquella vez fuese diferente, llegaba el día en que su no suerte la devolvía al mundo donde acostumbraba a vivir. Aquél dónde ella era la única dueña de sus sentimientos, dónde no merecía la pena prepararse para dar si sabías de antemano que no ibas a recibir nada. Y mientras esperaba ansiosa el simple movimiento de una complicidad escondida en lo más profundo de unos ojos casi desconocidos, su mente volvió de nuevo a la realidad. Despertó del sueño. Mientras contenía el bostezo en las comisuras de sus labios, entendió que por el momento, estaba resignada a no poder salir de donde estaba. Aguantando hasta que alguien la llevara la última pieza del puzzle que tenía en sí misma. A dar el primer paso que ella ya no daría. A llevarse su suerte allí donde los sueños ni siquiera son capaces de saber que la necesitan.