10 sept. 2014

Aires difíciles

El viento se llevó las hojas sueltas que habían caído en la última estación. Algunas llevaban en el suelo más tiempo del que a nadie le gusta verlas a su paso. Otras se habían soltado del fino hilo que las mantenía unidas al tronco de una manera imperceptible y habían caído, finalmente, por falta de coherencia o cohesión, ya no me acuerdo. Había otras que se resistían temblorosas al vaivén del aire con una fuerza sutil que parecía permanecer de manera perenne. Sin embargo, a mí las que más me gustaban eran las que permanecían unidas con fuerza. Las que sin pretenderlo formaban parte de un único tándem, no perfecto, pero sí armónico. En confianza, en simbiosis. Esas hojas se parecían. Su movimiento era uno solo, al compás de músicas distintas, pero con el mismo ritmo, la misma base, el mismo hilo conductor. Eran distintas versiones de un mismo carácter, de un mismo conjunto. Habían sobrevivido. Habían permanecido en el tiempo logrando pasar por épocas difíciles. Por agua, por otros vientos, por fuego. La idea de su destrucción se hacía impensable. Y aunque nadie sabía si acabarían cayendo, solo un necio diría que no estaban  hechas para soportar mil y un vientos juntas.




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