13 mar. 2011

Cosas nuevas


Los días pasaban y su mente no podía despegarse del último recuerdo que la hizo sentir viva aquella semana. Porque justo después, algo inundó de forma permanente su alma, que lejos de vibrar a altas frecuencias, apenas se movía dentro de su corazón. Éste no estaba apagado del todo, sino que emitía leves latidos que permitían que sus sentidos no desconectaran por completo. No quería parar ni un segundo, no podía tener tiempo para reflexionar, porque entonces, la espontaneidad con la que aquel sentimiento estaba aflorando en su cuerpo se desvanecería para siempre. Era la necesidad que tenía por verle otra vez. Se había convertido en una especie de pequeña obsesión que tiraba de ella con esa fuerza que atrae desesperadamente a todo aquel que flota en el gran océano de la incertidumbre. Pero las dudas, tarde o temprano se irían. En realidad, más que irse, se transformarían en fuerzas diferentes. Y estas fuerzas no iban a hacer otra cosa que infundir valor a sus ojos, a sus manos y a su boca que, sin duda, acabaría fundiéndose lentamente con la de aquel chico que por el momento había robado ya mucho más que algunos de sus sueños.

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