8 nov. 2011

Tengo ganas de gritar


Que estoy harta. Que no puedo más. Que es insoportable comprobar lo pequeñas que son las cosas cuando nadie las ve salvo tú. Que estoy hasta el último pelo de mi cabeza de aguantar que el mundo hable hable y hable y yo sólo pueda escuchar. Porque aunque me callo, exploto y podría decir mucho más de lo que nadie espera. Todo lo que entiendo y todo lo que no entiendo. Todo lo que he visto, escuchado y sentido de alguien que en realidad no está. Porque la dedicación real consiste en otra cosa a lo que hacemos cada uno desde dentro. A lo que parece verdad, pero no lo es. A lo ambiguo, a lo que no esta claro. Turbio, que no tibio. Tapado, escondido, oscuro todo lo que se puede. Y luego tú te ríes. Y yo me pregunto qué coño estoy haciendo perdiendo el tiempo así. Me canso, me agoto, me consumo entera en tratar de entender. Con lo fácil que es decir las cosas tal y como uno las siente. Sin dudas, sin misterios, sin juegos. Sin premeditaciones falsas que se quedan flotando en el aire. Reacciones improvistas que te dejan como tonta y pensando cómo es posible que caigas una y otra vez en la misma piedra cuando tú misma te habías encargado de moverla a patadas de su sitio. Pero sigue ahí. Un día, dos, tres. Y se sorprende de que te canses y tú, al límite de tu paciencia, respiras hondo y piensas en frío. Tomas decisiones. Abandono. Renuncio. Me rindo. Que sea lo que todo el mundo dice que tiene que ser y no lo que yo pienso que era. Que sí, que tenéis razón. Que no vale para nada. Que he perdido. Que hagas lo que quieras. Que te he perdido antes, ni siquiera, de saber si poco a poco, hubiera podido conseguirte. 

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