21 feb. 2011

Mucho más de veintiún días

Ese viernes era carnaval. Se levantó tarde y ayudó a disfrazarse a su hermano, lo cual - definitivamente- no estaba entre sus planes del día. Después, casi sin tiempo, no la quedó más remedio que ponerse unos vaqueros viejos y una camiseta negra que se había comprado en Estambul, a pesar de que quería ponerse algo especial para llamar la atención de alguien que seguro, la miraría ese día. Se sentía feliz. Miró el reloj sin ver la hora, entró al baño y sin mirarse en el espejo, cogió una diadema blanca y se la puso a la vez que bajaba corriendo la escalera. Consiguió no llegar tarde, así que se apoyó en la valla de la puerta del colegio para ver los disfraces de los niños. La encantaba el carnaval. Sin embargo, ese día no sólo no se disfrazaba, sino que estaba muy nerviosa. Quedaba poco para el sábado, apenas algunas horas, y llevaba esperando ese día tanto tiempo que quería que todo fuese perfecto. Se cruzaron alguna mirada en clase, no muchas, pero siempre con la misma respuesta: el corazón a mil y una sonrisa boba que duraba largos e intensos minutos. El día pasó sin que nadie sospechara nada. No dejaba de ser un secreto, y eso la incomodaba lo suficiente para que una fuerte inseguridad la carcomiera lentamente, pero no quería echarse atrás. Ese mismo viernes cenó fuera de casa y después de intercambiar algunos mensajes por el móvil, él la pidió si podrían hablar por el ordenador más tarde. Eran las once y media y ya habían decidido lo que hacer. Habían cambiado los planes rápidamente. De un paseo por un largo parque a simplemente estar juntos en su casa.  No eran precisamente cosas parecidas, pero sabía que tenía que arriesgarse. Casi no pudo dormir. Pero la mañana llegó, como de costumbre, y se dispuso a arreglarse. Estaba todo preparado. Una camiseta azul marino, con un lazo en el escote, unos pantalones beige y unos zapatos que le habían regalado sus amigas, a juego con la camiseta. Por último decidió plancharse el pelo y ponerse las lentillas. Cogió el brillo de labios y lo guardó en el bolsillo del abrigo, sin decidir si ponerse o no. No tardó ni cinco minutos en llegar a su destino. Al poco tiempo de bajar del coche, le vio. Se dio unos instantes para mirarle desde lejos y cruzó la calle que les separaba. Le dio dos tímidos besos en las mejillas. Caminaron juntos hasta su portal, hablando de cosas banales, o por lo menos, intentándolo, porque en realidad ninguno sabía lo que decía. Le costó abrir la puerta, lo que la tranquilizó. Parecía que no era la única que estaba nerviosa. Pasaron dentro. Ella subió primero aunque no sabía qué piso era y cuando se giró decidida para preguntárselo en el rellano, no pudo. La cogió con fuerza del brazo y la atrajo hacía sí. El primer beso. Nervioso, apresurado, para liberar tensiones, pasional. Alguien les interrumpió y sin dar tiempo a pensar en ello, siguieron subiendo, esta vez, ella detrás. Esta vez no le costó abrir la puerta de su casa y entraron. Era un piso bonito, acogedor, previsible y no demasiado grande. Se quitó los zapatos para no dañar la madera del suelo y pasaron al salón. No perdieron el tiempo. Se lanzó a sus brazos sin pensárselo. Las manos de él acariciaban su cintura sin un ápice de timidez y ella le dejaba. De pronto, se vio sin camiseta, y el nerviosismo embargado, sin duda, de muchas cosas más que simple vergüenza dio paso a un deseo que no había logrado encontrar nunca antes. Bajo con delicadeza la cremallera de su sudadera y le quitó también su camiseta. Sonrió. Tocó sus brazos, que tanto le gustaban y le besó el cuello. Poco a poco avanzaron por el pasillo hasta dar con su habitación. Y si algo les quedaba por ceder, se rindieron de inmediato. Sus cuerpos parecían uno. Qué vínculo tan tremendo. Las horas pasaron veloces en lo que se sube y se baja del cielo más inmenso y ella se tenía que ir. Fue al baño, se vistió tranquilamente y apreció su cara en el espejo. ¿Es qué no iba a dejar de sonreír? Él la acompañó hasta abajo y estaba decidido a esperar hasta que la vinieran a buscar, pero ella le convenció de que se fuera. Sabía que tenía cosas que hacer y quería pensar a solas. Se despidieron dulcemente y le vio alejarse despacio, recordando inconscientemente el olor y el tacto de su pelo. Suspiró, intentó llamar pero sabía que no podría contar nada, así que guardó de nuevo el móvil en el bolsillo. Decidió andar hasta la casa de sus tíos que estaba cerca. Mientras avanzaba lentamente por las calles, su pensamiento se escapaba de la realidad. Genial no era la palabra que buscaba. Amor, tampoco. Eran muy amigos, pero algo se la escapaba. Pasó el resto del día como pudo. Por un lado se sentía más contenta que en mucho tiempo, pero por otro, sabía que a partir de entonces todo iba a ser distinto. Buscaba una palabra que definiera su encuentro. Pero no la encontró. Ni ese día, ni ningún otro. Pasó mucho tiempo y aunque casi siempre conseguía acercarse a una conclusión, ninguna lograba llenarla por completo. Quizá esos momentos no necesitaban catalogación ninguna, quizá sólo sucedieron para permanecer por siempre en un espacio y un tiempo anclados en la memoria para ser recordados en aniversarios de nostalgia. Nadie parecía saberlo. Al final, ella se abandonó. Desistió a buscar palabras que definieran situaciones que la hicieran sentir tanto en tan poco. Porque había pasado mucho tiempo. Dos largos años, difíciles y que la recordaban sin descanso lo que uno quiere tras haberlo perdido. Y mucho se temía que lo iba a recordar siempre. Eres todo lo que nunca supe que siempre quise. Esa era una de sus frases favoritas, que, al contrario del resto de su mundo, no se veía ni se vería afectada nunca por el tiempo.



2 comentarios:

Francisco Javier dijo...

Que gran relato me ha gustado un montón.

Surviago dijo...

Muy bonito... ¿Autobiaográfico quizás?...