23 sept. 2011

Otoño


Todos los años es igual. Después de un largo tiempo, un espacio sólo para ti y un verano entero, asimilas casi por sorpresa todo aquello que no comprendiste durante los meses anteriores. Sin ver, sin oír, sin atender al susurro de lo que jamás quisiste entender, abandonas la razón a la prisa del viento y se va. Sólo queda la emoción de quedarte sin memoria y vivir lo que cuando es, es. La realidad. Que sola en ti acierta a darte donde duele y sin tiempo de reacción para combates, sueñas con aquello que será mejor. Luego vuelves. Continuas el camino que empezaste y si bien aún tienes algo de realidad en ti, no sirve de nada. Porque se esfuma. Gota a gota evaporándose ante los secretos del fin de las esencias puras. Apenas semanas de luz que se gradúa con las horas en contacto con tu propio hacer. Y haces queriendo no parecer y pareces queriendo no hacer, pero como siempre, todo sale al contrario. Y cuando piensas que el control empieza a concentrarse en tu cabeza aparece ese rayo oscuro que no te deja oír por un momento. Pero los demás sentidos lo sienten, lo tocan, lo huelen, lo ven, lo saborean a la velocidad de la luz mientras millones de pequeños artefactos explotan a tu alrededor. Porque la sensibilidad global explotó con acciones separadas que independientes crearon la confusión allá dónde fueran. Y no entiendes nada. Ni querrás entender. Porque la agonía se hizo con sus días, temiendo cada segundo de su movimiento. Y cuando sólo quedaba pensar, pensó que no había nada más que hacer que esperar de nuevo. Dar la bienvenida al otoño azul que esperaba ante su puerta y acceder por cortesía a los meses que pasarían antes de que todo volviese a empezar. Un otoño al que esta vez, y muy a su pesar, no podía prometer nada. 

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