27 sept. 2012

Hasta el final

Estuvo bien cuando sonrió así nada mas verme. La expresión de su cara y sus labios me encendieron eléctricamente en apenas un segundo y tuve que sonreír para llegar a una toma de tierra que no me permitiera electrocutarme del todo y perder el control. Una pequeña e intensa luz se encendió rápidamente en sus ojos y se apagó al instante, transmitiéndome el calor suficiente para sentir un extraño y agradable cosquilleo en las palmas de mis manos. Sostuve disimuladamente la mirada en el mágico tono de su piel y me dispuse a observar en silencio su comportamiento. Sin apenas permitirme un parpadeo, me sorprendí abstraída en la suave dulzura que rodeaba la forma en la que se movía. Con una pasión cuidada que rayaba la superficie de lo que podía significar la más simple de las caricias, siempre  estaba atento a cualquier signo que pudiera deslizar hacia el más intenso de los placeres sin tener tiempo para sobreponerse a su determinante tacto. Hábil, ágil, haciéndose querer bajo el intenso escenario de una ligera y determinante prohibición que únicamente provocaba la agudeza inmediata de nuestros sentidos, gastábamos el tiempo en frases entrecortadas de las que nacían las mariposas que se empeñaban en permanecer fielmente en mi estómago cada vez que nos encontrábamos. Sorprendentemente capaz de provocar la más inocente de las respuestas en mí y haciéndome en la dicha más absoluta, bastaba para evadirme de los oscuros torbellinos grises que se empeñaban en acabar conmigo. Sus fuertes brazos tardaban un segundo en rodearme; el mismo tiempo que tardaba su intenso olor a sudor dulce en pararme la respiración y asaltarme la duda de qué pasaría cuando tuviera que irme de verdad. Sonreía con deseo escondiendo la cara en la suave superficie de su cuello y escuchaba en susurros esa voz que ya había deseado que fuera mía. Sólo por un momento le creí cuando me dijo que no me dejaría marcharme. Apreté mis labios con fuerza contra su piel y le miré fijamente a los ojos para escucharle. Se paró el tiempo entre los dos y antes de que pudiese articular palabra supe que, lo quisiera o no, estaba totalmente perdida. Un segundo después no me quedó más remedio que abandonarme porque increíblemente lo había conseguido. Yo ya era suya hasta el final de los finales. 






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