6 oct. 2010

Cenicienta.

Era de noche. Las calles resplandecían a la luz de la luna y los últimos bares abiertos parecían recoger mientras que el reloj de la mesilla marcaba casi las tres de la mañana. Me quite las sábanas de encima, me levanté y me miré en el espejo. Mis ojos reflejaban el cansancio de una noche en la que no había podido dormir, una más, y sin embargo, el muñeco de mi pijama sonreía; al menos él estaba contento, me dije. Me di la vuelta y me acerque a la ventana, acerqué mi mano al pomo y la abrí. Hacía frío. El aire penetró en la habitación con fuerza, con aplomo, como si hubiera estado esperando a que yo le liberase para poder entrar donde yo estaba. La piel se me encogió bajo el pijama y algunos mechones de mi pelo se soltaron, liberándose sobre mi frente de la que, sin embargo, caían algunas gotas de sudor. Cerré la ventana mientras cogía el mp3 con mi mano izquierda. Leí con atención el título de la última canción que había sonado y me sorprendí recordando rápidamente la melodía y la letra. No era una canción de ahora, sino una de una banda sonora de una peli famosa con final feliz, sí, de esos que definitivamente han quedado para alimentar las mentes ingeniosas de aquellas que tienen la esperanza de que el príncipe azul llame a su puerta con intención de probarte un zapato de cristal que te quepa en el pie sin un ápice de resistencia. Son las tres y algo de la mañana, me dije, no esperarás que tu príncipe azul llame ahora. Y una triste y vaga sonrisa no pudo reprimir el intento de asomar en mis labios.

♫♫ Perdida en un cuento real. CHENOA