29 ene. 2011

Tiempo de frutas.

Siempre me habían gustado las naranjas. Dulces antes que ácidas y grandes antes que pequeñas. Sin papel que las envolviese y a ser posible, que no estuvieran muy frías. Alguien me dijo una vez que casi siempre las tomaba por las tardes y a veces me decía lo ricas que estaban. Entonces, yo también lo hacía. Bajaba corriendo y elegía la que más me gustaba, que casi siempre fue la más redonda. Quitaba la pegatina y la ponía en un papel, intentando memorizar la fecha de ese día en algún lugar de mi mente. Pero tiempo impertérrito  pasaba; y nosotros unidos e impregnados ya por muchas, demasiadas cosas, no nos dimos cuenta de que la época de las naranjas ya se había pasado. Y así como el frío invierno deja paso a la esperada primavera, florecimos juntos olvidando tristes y alegres motivos, razones de ser y de no ser, por las cuales nuestro vínculo se había convertido en algo tan fuerte. Llegaron las fresas, las cerezas, la sandía. Pasionales, vehementes y terriblemente rojas. Y caímos. Caímos en la tentación de quién ansía más de lo que realmente debe, en lo prohibido del sabor especial, en la fuerza del agua que debía purificarnos. Pero nos envenenamos. Y emponzoñados de razón, de orgullo, prepotencia, de gula, hambre, fuerza y lágrimas, tuvimos que separarnos. Nos extraviamos. Es por eso por lo que ya no me gustan tanto las naranjas. Porque me dieron algo que nunca fui capaz de imaginar, y que puede que jamás aprovechara. Sin embargo, ahora sé que fue lo mejor, si bien no lo más fácil. Pero, aunque muchas veces intento apreciar el dulce olor a naranja que quedó impregnado para siempre en mis manos, sé a ciencia cierta, que mis frutas favoritas siempre, siempre serán las rojas.



1 comentario:

Francisco Javier dijo...

Me gusta mucho, sigue así y tus sueños no tardaran en llegar.